Un puñado de arena
Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Les voy a decir algo: el tiempo parece deslizarse entre los dedos como arena fina.
Lo sé. Es una metáfora vieja. Demasiada vieja. Todo escritor principiante cree descubrirla alguna vez y se siente obligado a utilizarla.
No perdamos el tiempo con esas imágenes. Bastante metáfora es la que nos toca vivir. Habitamos una extraña inseguridad del espacio y del tiempo que nos promete estar, al mismo tiempo, en todas partes y en ninguna.
Al final, todo se reduce a la capacidad de asombro ante lo cotidiano. Si mantenemos un poco de pasión al contemplar lo que el universo nos revela, la vida se vuelve un poco más interesante, no tan anodina. Leer las noticias a diario es un aburrimiento sin límites; la mayoría están fabricadas. Ya hace años que nadie le hace caso a la verdad, así que el periodismo ha incursionado directamente en la mentira más escandalosa, pero más estéticamente bella y deslumbrante. Es la única forma de captar la atención de los lectores.
Uno se levanta y mira la computadora: un país completo fue devastado por una nube iónica que los servicios de prevención no vieron. Se calculan cerca de tres millones de muertos y desaparecidos; hay detalles escalofriantes de la tragedia. Entendámonos: no pasó nada, pero hay que cautivar al menos diez minutos la atención del lector. En ese tiempo se pueden vender muchas cosas. Cuando ya nos dimos cuenta de que no pasó nada, ya compramos de todo.
Los lectores no quieren informarse; quieren que algo ominoso esté pasando allá afuera y que a ellos no les suceda nada. Es la historia de siempre. Ver desgracias ajenas es uno de los principales entretenimientos de la humanidad desde tiempos inmemoriales. Una cosa es padecer un terremoto; otra muy diferente es disfrutar viendo las escenas de un informe periodístico bien hecho que muestra la terrible desgracia ocurriendo en el preciso momento, con imágenes realistas. Las posibilidades de recorrer virtualmente los escenarios de guerra o de tsunamis vuelven más emocionante el proceso; la experiencia es compartida. Es como esos sueños que uno sabe que son el producto de nuestra mente y que, al despertar, todo vuelve a la normalidad.
Las empresas de propaganda han inventado al menos cincuenta terremotos en los últimos dos meses, casi uno por día. Ninguno real, entiéndase, pero las ventas se han incrementado en forma alarmante. Las computadoras envejecen con la misma rapidez con que mejoran las catástrofes. Una de las ideas geniales es la de venderte el nuevo producto mientras está aconteciendo la desgracia. Observas que las imágenes no tienen la calidad que esperabas, y el servicio te muestra una pantalla dividida con las imágenes adaptadas a los nuevos programas. Haces clic sobre la imagen que te gusta y ya la compraste. No hay que hablar con nadie. Minutos después, todo termina.
Nadie ha muerto.
Tú has comprado.
¿Qué sucede cuando la noticia es real? Muy simple: generalmente, las desgracias auténticas son mucho menos realistas y vistosas que las creadas por los algoritmos. Hace ya mucho tiempo que las catástrofes naturales dejaron de ser espectaculares.
¿Cómo lograr que el lector esté cautivo al menos unos segundos en un mundo donde se sabe que las noticias son falsas? Se podría pensar que esta arquitectura de la mentira es endeble, que está destinada a caerse de inmediato y que nadie creerá jamás en nada. Y, sin embargo, a diario hay millones de personas entusiasmadas buscando nuevas noticias espectaculares en las redes. La mínima posibilidad de que solo una —apenas una— de esas noticias sea cierta es lo que mueve a la gente a seguir creyendo en el sistema. Como si hallar alguna vez un terremoto real fuera un verdadero tesoro, una joya que debe ser atesorada por los miles de lectores.
¿Qué es una catástrofe sino una transformación radical de nuestra existencia, un instante en el que todo aquello que creíamos valioso adquiere un significado completamente distinto? Las grandes tradiciones religiosas comprendieron muy pronto ese poder y recurrieron a la imagen del castigo divino para representar los momentos en que la historia cambia de rumbo de manera irreversible. Soles que se detienen en el cielo para inclinar el resultado de una batalla, diluvios que cubren la Tierra y permiten sobrevivir únicamente a unos pocos, ciudades consumidas por el fuego o mares que se abren para señalar el destino de un pueblo. Más allá del carácter sobrenatural de estos relatos, todos expresan una misma idea: la irrupción de un acontecimiento inesperado que altera para siempre nuestra condición y nos obliga a buscar un nuevo sentido.
Quizá por eso las catástrofes ocupan un lugar privilegiado en nuestra imaginación. Nos recuerdan, de la forma más brutal, que el mundo no está obligado a respetar nuestros planes. Basta un instante para que todo cambie.
Esta mañana aparece una noticia más en la pantalla de mi computadora. Informan que un objeto procedente del espacio impacta sobre una extensa región continental. Según los primeros informes, varias ciudades desaparecen en cuestión de segundos y los satélites intentan evaluar la magnitud de los daños. Se habla de millones de muertos y desaparecidos.
No le presto demasiada atención.
Espero el anuncio publicitario que inevitablemente acompaña a todas las grandes tragedias. Pienso que, en unos segundos, aparecerá la oferta de una computadora más potente para apreciar con mayor realismo las imágenes del desastre. Pero no aparece ningún anuncio.
La pantalla permanece inmóvil.
Un instante después, se apaga.
Las luces de la estancia comienzan a perder intensidad hasta extinguirse por completo. Entonces llega un silencio que jamás experimento. No es el silencio habitual de una casa sin electricidad; es un silencio absoluto, denso, como si el propio mundo contuviera la respiración.
Caigo en la cuenta de que aquella noticia no es una simulación.
En el edificio de enfrente, una mujer permanece inmóvil junto a la ventana. Nos miramos. Nunca nos hemos saludado; ignoro su nombre, su oficio, incluso si vive sola. Sin embargo, por primera vez, dejamos de ser dos extraños separados por una calle. El mismo silencio nos habita.
Ella no aparta la vista.
Yo tampoco.
Después el suelo vuelve a vibrar.
Desde algún lugar llegan sirenas que se apagan antes de terminar su recorrido.
Nadie sabe qué está ocurriendo.
Nadie puede preguntárselo a una pantalla.
Alguna fuerza llegada del exterior impone un nuevo orden —o quizá un nuevo desorden— sobre el mundo. Las primeras vibraciones recorren el suelo apenas unos segundos después del apagón. Las ventanas comienzan a temblar. En algún lugar se oye el derrumbe de una estructura enorme. Ya no hay periodistas que nos expliquen lo sucedido. Quedamos solos frente al mundo.
Por primera vez en mucho tiempo, el mundo deja de necesitar imágenes para volverse aterrador.
La verdadera catástrofe no llega desde el cielo. Descubro que siempre estuvo debajo de nuestros pies.
Durante décadas construimos una existencia sostenida por sistemas invisibles: electricidad, comunicaciones, vigilancia, bancos de datos, algoritmos capaces de decidir por nosotros qué debemos mirar, qué debemos comprar e incluso qué debemos temer. Basta un instante para descubrir que todo aquello es una arquitectura de cristal.
Las jerarquías desaparecen con la misma facilidad que la corriente eléctrica. Los títulos, las ideologías, las fronteras, las monedas, las disputas políticas y las ambiciones personales pierden repentinamente toda importancia.
Todo queda en suspenso.
El miedo deja de llegar a través de una pantalla.
¿Cómo se afronta la realidad cuando ya no existe una mentira en la que refugiarse?
Ya no necesita intermediarios.
Entra por las ventanas rotas.
Se mezcla con el polvo.
Se sienta a la mesa y bebe de nuestro vaso. Y por la noche ocupa el lugar vacío de la cama.
Y cuando abrimos los ojos por la mañana descubrimos que nunca se había ido.
En medio de las ruinas, la humanidad ya no se define por lo que ha construido ni por lo que aspira a conquistar. Solo importa la capacidad de reconocer al otro, de sostener una mano en la oscuridad o de compartir el último trago de agua.
Esa es la única verdad que permanece en pie. Todo lo demás es publicidad.
Tomo la birome y comienzo a escribir:
El tiempo parece deslizarse entre los dedos como arena fina.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 17 de julio de 2026
