El armador

De Florencio Nicolau

El armador

Especial para Eco Italiano

I

 Llueve. La mente se diluye en el sonido de las gotas de este amanecer gris que vi tantas veces en los últimos años. Es un amanecer único, arquetípico, que se reitera desde el origen de algo. ¿Cuánto más tendré que ver, antes del final?

 La noche anterior después de un buen jarro de ale sentí que algo, más allá del alcohol irresponsable, me convidaba al descanso. Una oleada de cansancio me condujo a mi cuarto de soltero, donde acumulo planos y varios textos de navegación heredados de antiguos maestros. El sueño, acicateado por la cerveza llegó de improviso: una gaviota negra volando sobre el muelle. 

 Horas antes en la taberna, mi socio que ya había bebido demasiado me dijo sin preámbulos:

—Estás vieja, puta, dentro de poco dejarás de parir barcos.

 No me ofendí ni me disgusté. Al contrario sonreí festejando la ocurrencia. Fue suficiente para sentir que el cuerpo perdía peso. Me estaba sacando una obligación de encima y mi amigo, mi socio, oficiaba de redentor.

Sé porque me lo dice. Recuerdo mi primer nacimiento, un bergantín de quinientas toneladas de desplazamiento, una nave marinera como no se ven con frecuencia. Entendí que mis manos habían actuado de partera de ese ser de madera, metal y tela, destinado a unir continentes y llenarse las bodegas de riquezas. Fue cuando empecé a decir que era un partero de barcos: mis manos habían ayudado a salir esa creación de un bosque.

 Las manos.

 La gente ha olvidado las manos. Un mundo sin trabajo manual es un percance, una desgracia para una nación y sobre todo para el intelecto. No puede haber un filósofo si antes no hubo un artesano. Descreo de los hombres de papel, filodoxos que apuran al prójimo con ideas que no tienen claras. Mi testamento es un documento escrito en el aire con las palabras de un armador, específicas y certeras, imbuidas de la verdad de los vientos y de las rutas de la riqueza. No es un documento final, sino un libro abierto para todos los nautas del mundo, una historia construida con las manos y el recuerdo dedicada a quienes hayan vivido la experiencia de ser artesanos como yo, un hombre que ha aprendido a interpretar el deseo de la naturaleza y traducirlo en tablas y velas, en aparejos y jarcias.

 Realicé diferentes trabajos en el arte de la construcción naval. Cosí velas, trencé drizas y merlines. Aprendí a sentir la vida que late en cada uno de los materiales que transformé con las herramientas. Cuando trabajaba en una tabla presentía el espíritu del árbol, un roble o encina, que en su copa frondosa cobijó una vez pájaros e insectos. Supe entonces que debía respetar los materiales, ser digno de ellos. Entendí que estaba transformándolos en algo, buscando la esencia de la madera y la tela para darle un nuevo significado, un renacimiento en forma de un navío. Muchos compañeros no entendieron esta transfiguración: vi perder manos y ojos e incluso la vida a un aprendiz bajo el peso de un madero. No comprendían que a la naturaleza hay que respetarla.

 Sufría en carne propia cuando me enteraba que un barco desaparecía. Supe de navíos que no volvieron nunca de La Habana o Botany Bay. La navegación es el arte de gestionar la incertidumbre. Pienso en los griegos, en los trirremes romanos asolando las costas del Mediterráneo, en busca de bienestar para las damas patricias que se regodeaban en una Roma de pan y circo. ¿Cuántos fantasmas merodean las profundidades del mar, clamando por su salvación y sus madres?

 Afrontar años de trabajo arduo y comprender la religión de la construcción naval me llevaron a independizarme de mis patrones y encontrar mi destino, pasado los cuarenta, como armador. Aprendí a cerrar tratos, a elegir tripulaciones, a interpretar los movimientos de las cotizaciones y elegir cartografía adecuada. No soy otra cosa más que mis barcos y mis conocimientos. Sin mis maderas y mis planos, sin mis compases y reglas no tengo una existencia real. Soy una embarcación.

 ¿Dónde está la gaviota que vi desde la puerta de un taller hace cincuenta años?

 Era el primer día como aprendiz y vi moverse las alas del ave que pasó rasante por encima mío cuando estaba trabajando en una cuaderna. Levanté la vista y me quedé unos segundos encantado con la imagen del ave en el cielo. Al instante sentí el golpe en la cabeza y la voz del patrón.

—¡Vamos!, ¿qué pretendes? ¿Que el barco no zarpe nunca?

 Me di cuenta que no estaba solo. Alguien necesitaba de mí y me exigía responsabilidad por lo que me pagaba. Nuestra existencia está vinculada a la de otros, en un tejido que muchas veces no entendemos. Ese día supe que estaba dentro de una historia cuyo argumento me era desconocido. 

Solo vemos la miseria del presente. Un viajero del mundo me contó que los chinos han escrito un libro oracular, al que se accede por el extraño arte de arrojar ramitas, que permite inferir el argumento de la vida. Sin embargo, no hay nadie que lo entienda cabalmente y a menudo contesta ambigüedades. Podemos calcular y distribuir con arte y maestría los imbornales en un trancanil; pero la tormenta es la que decide si funcionan o no, y sin embargo nos empecinamos en demostrar que podemos armar y aparejar un navío con ciencia. Es mentira, es solo un juego de vanidad. 

II

 Camino por el patio del taller y contemplo al muchacho que hace unos días contraté. Es un irlandés, pelirrojo y engreído, habilidoso con las manos y con la lengua. Lo puse bajo la tutela de los carpinteros. Está trabajando en una cuaderna con concentración. Será bueno.

 De repente se detiene y levanta la cabeza. Contempla embelesado una gaviota que gira en círculos en una danza de una belleza superlativa, rodeada de sol y del aire del mar. Se incorpora y se queda un instante mirando hacia el infinito. Me acerco despacio con pasos de ladrón. Cuando se da cuenta que lo estoy mirando, vuelve al trabajo, avergonzado por haber sido descubierto en un momento de lasitud.

—Zarpará igual, hijo, zarpará igual— Es lo único que atino a decirle: la verdad.

Estoy vieja y puta, mi gaviota oscura, pero feliz de morir y de reunirme contigo.

 Era un sol oscuro.

 El más bello que haya brillado en algún lugar del mundo, solía decir. Una distracción al trabajo, una presencia esencial y elemental, compuesta de toda la fuerza vital de la naturaleza. Tenía la actitud de las yemas que se abren en los árboles al comienzo de la primavera, la energía de los manzanos silvestres que crecen a la vera de los cottages en los campos de nuestras islas. Como todo en mi vida vino en un barco. Nunca hablamos el mismo idioma pues se nos confundían las palabras. Pero no fue óbice para entenderme con ella con el cuerpo y el alma. Traía palabras esenciales de una religión que era completamente ajena a la santidad de las personas o a la infinitud de Dios o los dioses, lo mismo da. La religión de la tierra, la que viene del corazón de los bosques y las selvas, la que profesa el pájaro y la piedra, la nube y el mar que baña las costas de una isla donde los muertos viven y se pasean orondos por la calle.

 Era una gaviota, mi gaviota oscura.

¿Por dónde vuelas ahora? ¿Existe algún cielo que te contenga? Entreveo tus alas en el plomo del otoño. Son como un velamen una canción de viento que te sustenta en un camino hacia algún, lado. Tal vez en tu isla estés aleteando, junto al fuego ancestral que llama a las almas de tus pares de tus mayores que llegaron desde el continente. Gaviota oscura, algún día volveremos a vernos. Acariciaré las manos nudosas y los ángulos de tu cara, esos huesos que llevan en su médula la energía de la selva, del sol.

Siento el sol escondido bajo tu piel atezada que entibia la boca que te cubre de besos, una lumbre que da vida a quien posea tu amor. Las personas con quienes nos involucramos son caminos que se abren en innumerables posibilidades en una urdimbre de eventos que la mayoría de las veces no podemos prever. Pero cuando acontecen vemos que era imposible conocerlos de antemano, como en la navegación.

 Las velas abriéndose al viento, cayendo con un sonido singular desde las vergas, la cara curtida del hombretón en el gobernalle son una revelación religiosa. Dios es un barco que nos lleva hacia donde quiere, sin preguntarnos si lo deseamos. Somos simples acólitos de esa religión y comprendemos con el tiempo que el fin es el mismo principio, el mar, con sus colores que subvierten el sueño durante las noches de soledad e incertidumbre.

 El recuerdo de tu rostro que los años aún no han desdibujado en mi mente, las calles de la isla en donde te criaste se han vuelto mis paisajes íntimos. Has traído todo lo que llevabas en tu alma y los pusiste de improviso en la mía. A veces pienso que el amor es solo eso, dos personas que ponen en lugar común sus olores, sabores y paisajes, una quimera en donde cada uno de los aportantes se vuelve el adjutor del otro. 

 A menudo escucho, en mi soledad tabernaria, los discursos obscenos que se basan en el deseo, en la necesidad animal del apareamiento. Existe algo que va más allá de eso, una comunión pagana. La imagen de dos siluetas y un sol rojizo en la escollera, el vocinglero cantar de los niños que corren por las calles adoquinadas trasegando información entre los armadores visten mi recuerdo de ti, gaviota oscura.

 Todo se revuelve en mi cabeza y mi corazón, tu paso de animal celoso, tus cabellos de extraño peinado, la mirada de las personas cuando supieron que te hice sacar las cadenas para llevarte a mi casa como un igual. La tarde que descubrí que tu vida formaba parte del argumento de la mía y el día aciago que te llevaste todo el sol de Port-au-Prince en tu última sonrisa, floreciendo entre las pústulas. La viruela no sabe de enamorados.

—Estoy vieja y puta, gaviota— digo antes de ponerme a llorar en la cama.

 Llueve. Moja tus alas en el agua, gaviota.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 20 de julio de 2024

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