Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Parece como si la penumbra de la habitación tuviera sonido. Cuando la luz llena el espacio —como cuando una hermosa mañana entra por la ventana—, el sonido se vuelve rico, irónicamente, luminoso, con una gama de matices que convierte la imagen en una especie de música, rica en instrumentos y tonalidades brillantes.
Pero cuando las ventanas están cerradas, las persianas bajas y las cortinas corridas, la música se apaga: es el adagio sombrío de un cuarteto de cuerdas, música instrumental que narra una tragedia, con pliegues densos de dramatismo.
Este lugar me resulta familiar, como la biblioteca de la casa de un pariente o de una abuela. Por algún motivo, el camino me trajo hasta este sitio. Y, a pesar de la primera impresión —lúgubre, silenciosa—, me siento feliz, cómodo.
Ahora hay en el ambiente una penumbra de siesta, como la que se instala cuando comienza el verano y se cierran las habitaciones para resistir la canícula.
El cuarto es sencillo: un empapelado claro con flores que se repiten entre dos listas verticales. Está intacto, sin humedad ni roturas. Los muebles son de madera y tienen ese dejo característico de las antiguas casonas. Rezuman historias vividas por sus antiguos habitantes. Son muebles que han sobrevivido generaciones y conocen los secretos de todos.
Me acerco a la puerta doble, con los vidrios cubiertos por cortinitas de tela color natural. La abro, y la luz del estío entra a raudales, como una revelación. Las chicharras le ponen música a la escena.
Tengo que ir.
***
—No se puede evitar encontrarse con alguien. Eso es imposible. Se puede hacer estimaciones de cuándo no estuvo en la casa, por ejemplo. Lo más común es preguntarle al cliente si sabe si tomó vacaciones o estuvo ausente mucho tiempo.
—Sucede que, en los ambientes en que nos movemos —y sobre todo en los tiempos a los que nos referimos—, estas cosas son difíciles de conocer. Además, la vida era más gregaria, por decirlo de alguna forma. Las familias eran numerosas y siempre se reunían por cualquier aniversario o evento. Es muy difícil detectar con precisión casas solas en un momento dado.
La mujer juega con un antiguo pendrive de dos siglos en la mano mientras da la explicación. En los últimos tiempos se ha puesto de moda retornar a las tecnologías prehistóricas. La oficina es minimalista: un pequeño espacio bien iluminado, una biblioteca con algunos adornos étnicos y libros antiguos a modo de escenografía. Delante de la profesional —segura de sí misma, muy bien vestida y con un perfume carísimo— hay una computadora de última generación. Solo eso necesita para trabajar. Continúa:
—El viaje sentimental es una experiencia única. Por eso cobramos lo que cobramos. Durante años, las personas tenían la desazón de no saber qué habían hecho sus ancestros. A veces sucedía que el único depositario de la sabiduría y las anécdotas de la familia moría ya viejo, y con él desaparecían miles de recuerdos. Se confundían los cuentos del tío Mario con los del abuelo Raúl. Cosas así. Cuando uno muere, muere con él un último recuerdo.
—¿Oyó hablar de Jorge Luis Borges? —pregunta en forma retórica—. ¿No? Bien, fue un escritor que vivió hace unos trescientos años, en lo que antaño se llamaba Argentina. Si mira el mapa, está por debajo de Brasil, más o menos donde ahora se hacen los ensayos atómicos.
—Pues bien, Borges habló de eso en uno de sus cuentos: del último hombre que muere y, con él, los últimos recuerdos que quedan en el planeta de ciertos sucesos. Ahora, con nuestra empresa Viaje Sentimental, podemos remediar eso, al menos parcialmente…
La miro a los ojos. Tiene implantes biónicos, muy bien disimulados, pero lo noto: mi exmujer también los tenía. Ciega de nacimiento, tal vez por contaminación con agroquímicos.
—Encontrar a alguien tampoco es un gran problema. Pero, en la medida de lo posible —y de lo probable—, es mejor que conozca los lugares vacíos. Obviamente, cuanto más atrás se vaya, mayor es la incertidumbre.
—No obstante, los algoritmos de nuestros sistemas no han ido más allá de 1900. Tuvimos dos casos: uno en 1870, un profesor que investigaba sobre la guerra Franco-Prusiana, y un musicólogo que quiso llegar a 1790 para estudiar a Mozart… pero terminó en un centro comercial de Berlín, en 2100. Gracias a Dios no pasó nada, y quedó como una anécdota.
—Pero usted quiere ir entre 1899 y 1901. Es complicado, pero está a nuestro alcance.
***
Empieza el protocolo: primero, una pequeña dosis de la droga que ayuda a ordenar los pensamientos —según dicen, en esa jerga con ribetes cómicos—. No se siente nada, más que un embotamiento momentáneo.
Luego vamos a la sala donde se llevará a cabo la travesía. Es una habitación vulgar, sin más que un sillón anatómico muy cómodo. No hay ventanas, sin que se perciba opresión alguna. Me explican que uno de los efectos de la droga es justamente ese: evitar la claustrofobia, el miedo a la experiencia.
Me preparo para emprender el Camino. Me recuesto en el sillón. Se apagan las luces.
Empecé con los viajes hace unos cinco años. Sabía algunas cosas sobre mi familia cercana, pero del pasado remoto, prácticamente nada. En mi entorno, el interés por la historia se había perdido hacía décadas. A mediados del siglo XXI todo se volvió efímero: resolver problemas al instante, vivir en el ahora, no mirar atrás. Así fue como, lentamente, nos quedamos sin recuerdos.
Al principio visité a mis abuelos, que vivieron en el siglo XXII. Después me animé a explorar finales del XXI, una época más convulsa, marcada por conflictos frecuentes. Finalmente, reuní coraje y descendí hasta fines del siglo XX. Ya no quedaban parientes reconocibles; me conmovió comprobar que todavía quedaban campos abiertos y parajes sin tocar.
Luego me tomé un descanso de dos años. Viajar cansa. Se confunden los recuerdos, y sobre todo prevalece un fuerte sentimiento de pérdida cuando uno conoce demasiado las intimidades de sus antepasados. Nunca vi a ninguno, eso sí. Solo pude visitar sus casas, mirar sus cocinas, sus escritorios.
Encontré a este ancestro siguiendo una ruta genética que me costó una fortuna. Es una parienta de mi lado materno, nacida posiblemente en 1870. Hay escasa información: soltera, escritora, incursionó en las ciencias naturales como aficionada. Me intrigan las personas así.
La primera parte de la experiencia es una bruma que va formando vórtices aislados, que poco a poco se convierten en objetos. Una silla, un escritorio, un amplio ventanal. Supuestamente lo único perceptible con los pseudosentidos —como dicen los expertos— son los objetos, y el sentir de la persona que se busca. Las coordenadas a veces son complejas de determinar y se llega a otro lado. En mi realidad nunca me muevo de este sillón.
Es necesario tener algo de la persona visitada en la memoria ancestral, o memoria genética, como decía una famosa bailarina del siglo XX. En la mayoría de los casos, esos lugares están vacíos. Y aunque puedo moverme libremente, sin temor a ser observado, hay algo inquietante en su silencio. La casa es acogedora y reina una paz que no he comprobado en otros puntos del Camino.
Me siento un hombre pleno. No siempre he tenido tanta suerte: otras veces he llegado a espacios soterrados, donde las paredes parecen ejercer una presión que me impide entender por qué estoy allí.
Recorro el recinto principal: un living con muebles sencillos, bien cuidados y de buena factura. La luz es agradable, suave; acaricia las cortinas y da ganas de vivir. Nunca antes he experimentado tanto optimismo y serenidad. No puedo percibir la temperatura, pero sugiere la idea de un clima de comienzo de primavera, acariciante.
Me muevo —es una forma de decir—, ya que el paisaje va cambiando a mi alrededor, como si la realidad se construyera parcialmente a través de una bruma. Hay una puerta abierta. Miro… y está ahí.
Nunca antes había visto a un ancestro. No puede sentirme, pero no es apropiado mezclar las cosas. Es posible que algo de mi mente esté en este preciso momento siendo compartida. Un pensamiento común entre los dos: una construcción difícil de definir cuando hemos vivido milenios sosteniendo que la mente está dentro de nosotros y no puede ser alcanzada por alguien del exterior.
Sostiene una pluma para escribir. He visto ese objeto en las obras de historia. Hay mucho papel en la habitación. Estudié que, por aquellos años, era común emplear este material para la escritura y la publicación de libros. Incluso los grandes centros de estudio exigían a sus alumnos comprarlos.
No se parece a nadie. Son muchos años en el pasado. No percibo parecido físico con alguien de la familia. Sin embargo, según el mapa genético, somos parientes en alto grado.
La experiencia durará algunos segundos. Es imposible convivir con la presencia de ella mucho tiempo. A la larga se desvanece, y queda la habitación vacía. Seguramente me acosarán con preguntas cuando vuelva. No es común encontrar personas en estas experiencias, y siempre quieren recabar datos para estadísticas e investigaciones.
No podré hablar nunca con ella. No me verá en esta forma. Es una relación silente: estamos en cámaras distintas, aislados en todo lo que concierne a los sentidos. Me concentro y trato de compartir sus pensamientos: es una poeta, una persona solitaria, que no tiene tratos con la gente. Sus familiares la respetan, pero no la comprenden.
Hay libros de botánica y figuras de plantas en las paredes. Es amante de la naturaleza y de la vida. Ahora se quien me enseñó a soñar con el canto de las chicharras que nunca vi en mi vida…
Pensamos juntos un poema:
La sombra del frutal
y el canto ubérrimo de un alma
en pena
me traen un frescor de
recuerdos y vivencias.
¿Qué corazón de leña esconde mi cuerpo,
como carozo de durazno o damasco,
escribiendo un verso libre de pesar?
¿Qué néctar pergeñado en el ilusorio
decaer del sol de invierno,
en el blanco clamor de un ciruelo,
dibujará la sombra sempiterna de mi hermano
jugueteando entre las ramas del manzano en flor?
Hoy es apenas un recuerdo
de sabores que ya no están
en los nombres heredados
de griegos y romanos,
de Linneo y Grisebach,
del verdor del Brasil,
del colorido Egipto
donde abunda el dátil multiforme.
El arrullo de las peras
en la panza vacía.
El jardín de infantes de cerezas
en la batea del mercado,
mirando con caras añorantes,
mordidas por ángeles caídos.
Frutas de todas las estaciones de la vida:
de la niñez asombrada en uvas,
de la adolescencia vestida de duraznos.
Y el ácido verdor
del fruto recién descubierto,
que viene desde la nada
para escribir juntos esta canción.
La verdadera flor que soy
no la soy, la somos…..
La pluma deja de correr sobre el papel. Se detiene. Levanta los ojos y me mira —lo sé, lo siento—. Por un segundo, me ve. Seré para ti, pariente, solo esto, la sombra de un frutal.
La imagen se va desvaneciendo, estoy regresando.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 27 de julio de 2025
