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Muros

A admin
17 de agosto, 2025

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

En una época pasaba las tardes feliz sobre un muro. Desde allí observaba al alto de dos patas que había acogido: siempre esquivaba mi atenta mirada, deambulaba atolondrado por el jardín, metiéndose en rincones prohibidos. Yo acariciaba con la cola las flores de las macetas y lo oteaba fingiendo indiferencia— algo que a nosotros nos sale bien—. Se movía de aquí para allá sin rumbo; no me incomodaba: era un dos patas peculiar, disperso. Me acariciaba, me ofrecía comida y, a veces, me sorprendía con esas rarezas tan propias de su especie.

Lo que esos altos hagan no me importa. Siempre moviéndose entre sus cosas, interrumpiendo mi siesta perfecta. Uno no puede estar en calma: pasos que golpean, voces que cortan el aire, manos que desean tocar sin pedir permiso.

¿Quién decidió que fueran así, tan torpes? Guardan la comida más sabrosa en bolsas brillantes que cuelgan dentro de un tacho, y luego se enojan si metemos la cabeza para sacarla. ¿A quién se le ocurre desperdiciar semejante manjar?

Cuando reciben visitas, llenan la casa de montañas —sí, montañas— de comida deliciosa. Se visten con ropa vistosa, hacen escándalo, se golpean la espalda y ríen. Las hembras se cuelgan cosas incómodas en las orejas y se untan pastas de colores en la cara. ¡Un espanto!

Después de esas reuniones, dejan abundantes restos en las bolsas de piel negra. Entonces, nos reunimos con la banda y saqueamos los tachos. Siempre hay problemas: nos corren con trapos o palos.

El alto que había elegido parecía perfecto para mí. Apareció un día y lo acepté. Empezó a pasearse por mi patio y terminó haciendo su vida en mi casa. Me regodeaba en la cocina mientras observaba, paciente, cómo miraba televisión o escuchaba música de todo tipo. Nos entendíamos a nuestra manera, con miradas y silencios.

Estuve con él un tiempo —digámoslo así— y luego, como haría cualquier gato sabio, me fui de su vida. Un día, sin previo aviso, bastó con decidir: “hasta aquí”. Al día siguiente, simplemente, no aparecí. Y desde entonces, nadie sabe adónde fui ni qué hice.

Lo admito: a veces nos encariñamos con los de dos patas. Uno termina acostumbrándose a ellos, empieza a tolerarlos e incluso a quererlos —aunque no siempre lo merezcan—, como si fueran parte de la vida. Se vuelven un complemento de la existencia: ruidosos, desmañados, impregnados de olores extraños. Me entristece observar que se engañan pensando que tenemos comportamientos como ellos: celos, amor, resentimientos… nada de eso es cierto. Aprendan a mirarnos como somos.

¿Adónde vamos los gatos cuando desaparecemos? No insistan: no revelaré adónde. Es un secreto de la cofradía.

***

En una parte de mi nueva casa hay un rincón con plantas que se mueven cuando hay viento. Son seres hermosos con quienes se puede hablar conociendo su idioma. No sé por qué nosotros podemos hablar con ellas y ser felices y los altos no. Están rodeados de un mundo maravilloso que no entienden. ¡Qué se puede esperar si tiran comida!

Muchas plantas son grandes, otras pequeñas. Hay unas que tienen una flor de un vivo color naranja; esas son mis preferidas para conversar. Hay una que me habla por las tardes y me cuenta las historias de sus hermanas: sus orígenes, cómo llegaron a ese rincón y de un alto que las cuida.

Porque no todos ellos son insensibles. Hay algunos que tienen una forma particular de percibir el mundo y se parecen a las flores y los gatos. Sin embargo son los menos. La mayoría ignora lo que tiene alrededor y no valora la belleza que hay para ver, sentir, oler.

La flor naranja me habló también de las crías. Porque —no lo dije— entre ellos también hay pequeños que, con el tiempo, se vuelven más altos y escandalosos. Muchos de ellos son traviesos hasta la crueldad: pasan a su lado y, sin motivo, rompen a sus hermanas de otros colores. Hay algo en ellos, una inclinación natural a romper cosas, a destruir, a pelearse entre sí.

***

Hace unos días me pasó algo muy curioso. Estaba tomando sol en un tapial que da a la vereda cuando paró uno de ellos. Tenía un aspecto diferente, agotado y con un fuerte olor. Estaba solo, algo poco común entre los de dos patas que salen a la calle. Se acercó sin hacer ruido —otra rareza— y me tocó entre las orejas. Sentí algo que me penetraba y me daba inmensa tranquilidad; nunca había experimentado eso con uno de ellos.

Lo más asombroso fue cuando empezó a emitir sonidos. Repentinamente entendí todo lo que expresaba, pues se comunicaba como lo hacemos entre nosotros. Dijo que vivía solo, en un pequeño hogar no lejos de allí. Sus familiares —lo que nosotros llamamos compañeros de camada— habían muerto hacía años, y él había afrontado la existencia como pudo. Al igual que nosotros, también valoraba los alimentos que otros despreciaban. No pude entenderlo. ¿Cómo era posible que hubiera altos que necesitaran lo que otros tiraban?

Nunca había estado con un ser que me transmitiera tanto con tan poco. Se valía de su lengua para hablar pero lo que me decía provenía de otro lugar que no era su cuerpo. Sus ojos se parecían más a los nuestros que a los de su especie. Noté que apenas podía sostenerse; sus piernas lo llevaban de un lado para otro sin el equilibrio necesario para saltar o escurrirse como hacemos nosotros.

Siguió tocándome la cabeza hasta que se fue. Su presencia quedó dentro de mí, pues lo sigo escuchando hasta el día de hoy: ese alto de dos patas que me había tocado tenía algo de felino en su forma de ser.

Al rato, un grupo numeroso se congregó cerca de la esquina. Me acerqué entre un bosque de sus patas cubiertas. Hablaban a los gritos, estaban nerviosos. En el centro estaba el alto que había parado a hablarme en mi idioma. Yacía inmóvil, con la misma expresión que tenía cuando hablamos, solo que no se movía. Parecía un ser inanimado, rígido, como esos muros que levantan entre ellos para no compartir lo que tienen.

Lo cargaron entre varios en uno de esos vehículos que echan humo por atrás, con luces que giran de manera circular y monótona, como su vida. Al partir emitió un sonido estridente, insoportable. En el mundo de los altos siempre hay algo que hace más ruido que todo lo conocido. No sé cómo pueden vivir así.

¿Saben qué es lo que tendrían que aprender los altos de los gatos? A saltar muros. Sí, a saltar los muros que ellos construyen y a comprobar que el horizonte desde lo alto no tiene fin ni principio.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 16 de agosto de 2025

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