Las alas de Mirna

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

¿En qué estabas pensando cuando te vi en la calle, caminando vaporosa bajo ese sol canicular, insoportablemente luminoso? Estoy negado para escribir tu historia, que es, creo, la nuestra. Algo pasa aquí dentro, en la cabeza y en el alma; no logro ordenar las ideas para formar el escenario y los personajes. No sé qué fue. No sé qué pasó, Mirna.

Dolor de todos los dolores, bondad entre bondades, santo deseo de acariciarte. Sé que la locura se ha adueñado de muchos de mis pensamientos, y no puedo razonar.

¿Qué eras? No sé si se puede hablar de alguien así, amor.

La calle ancha, en el centro de la ciudad, con los dos edificios al fondo, viejas construcciones que aún conservan los ecos de un esplendor económico pasado.

El gris del cemento no puede reprimir la alegría de las plantas en el vivero de la calle, donde estás sentada, con ese sombrero de paja y el abanico multicolor asomando desde la librería. Te destacás entre la multitud que se mueve a pasos dispares por las veredas: unos apurados, otros más lentos, algunos que se desplazan en un ir y venir como almas perdidas. Comerciantes aburridos esperan que alguien los salve de la mañana interminable.

Hace calor: ese calor único que sólo los que habitamos esta ciudad conocemos.

Sí, amor, calor.

***

—Literatura estudio —me decís, con esa boquita menuda pintada de un marrón metálico que te deja hermosa.

“Literatura estudio”, decís, y no “estudio literatura”. Tal vez tu afinidad con el latín y el griego te da esa forma de hablar en hipérbaton —palabra que me enseñaste—, esa estructura tan tuya, tan encantadora como el color de tus labios.

Me acuerdo de cuando recién nos conocíamos, y por teléfono me dijiste: «Está nublado. Pronto la lluvia vendrá». Intercambiando el orden esperado de las palabras, como si construyeras un laberinto para que yo —un pobre mortal que no sabe nada de Catilina ni de Homero— me pierda y llegue agotado a tus brazos. Amor.

Amor.

***

Vamos a comer algo por ahí, en la noche canicular. Mirás el mantel de hule del bar sencillo, un bodegón que tanto nos gusta porque estamos enamorados, y todo lo decadente nos parece pintoresco.

Ríes, ríes con la alegría auténtica de lo que te cuento sobre mi trabajo, sobre mis amigos, sobre mis recuerdos de la escuela industrial. El vaso de cerveza transpira, y las gotas caen sobre la servilleta de papel que pusiste debajo para que no moje el mantel, un símbolo de lo que estamos viviendo en esta noche de enero, después de una siesta de treinta y siete grados a la sombra.

Viene la chica que nos atiende y sonríe, porque ella también está enamorada, y seguramente le recordamos alguna de sus historias con su amante. Nos retira los vasos y las bandejitas de acero inoxidable vacías, que volverá a llenar con maníes y palitos salados. La ves retirarse con la bandeja y recitás de memoria un pasaje de La Odisea:

«Llegaron de dentro de la casa las doncellas de níveos brazos, retiraron el abundante pan, las mesas y las copas en que bebían los soberbios pretendientes.»

Nos reímos: vos porque disfrutás de la literatura, y yo porque disfruto contigo, con tus labios pintados y tu erudición de mujer única.

Y así empezamos a hablar de los egipcios y de los escarabajos, de los amuletos, de los símbolos de los insectos en el mundo antiguo y de cómo estos bichos —usás esa palabra— son más trascendentes en nuestra historia de lo que normalmente se piensa. Una vez más me deslumbrás con tu sabiduría, con tus conocimientos de civilizaciones ya olvidadas para el común de la gente. Me hablás del escarabeo y de todo su simbolismo, del escarabajo pelotero y del valor que los egipcios (y más tarde los griegos) le dieron como símbolo de resurrección.

Te digo que admiro tu sabiduría, pero a mí los escarabajos me dan asco desde chico por esa cascarita dura y por ese ruido tan feo cuando se rompen de un pisotón; ese sonido a muerte al que nos acostumbramos en esas noches de verano insoportables, cuando los insectos nos persiguen y fastidian. Me decís que esa “cascarita” no es tal, sino un ala modificada, que se llama élitro y que es una palabra griega que significa “estuche”.

—Pensá que esos bichitos que tanto nos fastidian fueron adorados por gente de otra civilización, como seres mágicos que brindaban buena suerte y los mejores presagios para la humanidad —decís, como declarando un principio, exponiendo una creencia que anida en vos desde antes de tu nacimiento.

Me contás que en el templo de Karnak hay un escarabajo milenario tallado en piedra que otorga felicidad y bienestar a quien lo toca, pero hoy sólo permiten que los visitantes giren alrededor de la escultura para obtener los beneficios de ese dios. Resulta ridículo ver a los turistas girando alrededor de una estatua de piedra, pero, por otro lado, habla de la necesidad humana de creer en algo.

—¿Vos creés en mí? —digo.

Sonreís, nomás.

***

Es otra tarde más de este frío húmedo. No sé cómo podemos acostumbrarnos a los cambios de clima en esta ciudad, que deja un infierno estival y unos inviernos gélidos que penetran hasta la médula.

Estás en la cama, sentada, mirando por la ventana cómo las gotas de la lluvia fina se adhieren al vidrio. Te rodean los libros que has ido comprando en los últimos años. Las fotos cortadas de las revistas que conseguís vaya uno a saber dónde, con reproducciones de las grandes esculturas del mundo antiguo.

El auriga de Delfos, que tantas ansias tenés de conocer, está ahí, en la pared frente a la cama, sosteniendo las riendas de un caballo que ya no está.

Resulta extraño: conserva una serenidad casi humana, con la boca entreabierta, como si aún mirara el cuerpo del corcel ausente. Esa presencia invisible parece insinuarse en la expresión que el escultor logró transmitir al bronce, uno de los más célebres de la humanidad.

La túnica que cubre el cuerpo del joven se ajusta a la cintura con un cinturón mínimo. La caída del tejido, con su movimiento detenido en pliegues, inspiró uno de los vestidos más famosos de la historia: el vestido Delfos, de Mariano Fortuny, que causó furor entre las mujeres sofisticadas de principios del siglo XX.

¿Qué es lo que tanto te atrae de los griegos y los romanos? ¿Será el brillo de sus letras, su arte? ¿O un pacto misterioso que has hecho con ellos?

Nunca llegaré a comprender esa cabeza tuya, pletórica de versos en lenguas que me serán vedadas para siempre.

Vos, que conocés los vericuetos del latín y del griego, estás ahora en esta habitación. La cama está cubierta por un cobertor tejido al crochet, hecho de cuadrados de distintos colores, en un estilo country casual.

¿Sabés por qué no nos entendemos, Mirna? No es porque vos seas culta y tengas un porvenir en el mundo de las letras, de la docencia, de la investigación; que seguramente viajarás por el mundo hurgando en bibliotecas europeas, buscando libros que aquí, en este barro sudamericano, no se pueden conseguir. No, Mirna, no es por eso. Vos sos un escarabajo sofisticado, con tus élitros brillando al sol del conocimiento, vestida de luz, de amor por la sabiduría. Sos una diosa vestida en telas brillantes, antiguas y ornadas con las palabras de los griegos. Sos una luz vestida en ese vestido de Mariano Fortuny, un auriga de Delfos viviente, que asís las riendas de tu vida y clavás la mirada en algo que deseás conocer, sin que nadie te detenga.

Yo, en cambio, soy un insecto menor: una mosca verdosa e infecta que revolotea sobre un pedazo de excremento para depositar su nidada. Apenas soy un individuo diminuto dentro del ecosistema animal; cumplo una función, sí, pero claramente distinta de la que los dioses te han asignado a vos, mi amor.

Vos sos el escarabajo vivaz y laborioso que empuja la pequeña esfera de excremento para transformarla en oro. Te ha sido concedida una existencia diferente a la mía, y ambos sabemos que lo nuestro transcurre por caminos distintos, mi amor.

—Cerrá la puerta cuando salgás —me decís, sin dejar de mirar por la ventana.

***

Te veo en la misma calle en que te conocí, y venís caminando con una cadencia extraña: un paso lento seguido de otro, como en una danza minuciosa y bien medida. Tenés un paso de reglas estrictas, casi como la gramática de los idiomas que tanto has estudiado. Pienso en lo que fuimos y, sobre todo, en lo que no fuimos; me perdí en esa vorágine de cervezas, pizzas e historias de ciudades rodeadas por ejércitos enemigos que penetraban sus murallas para sacar a los habitantes y matar a sus gobernantes. Y seguís caminando con un paso gramatical, perfecto, medido.

Tú sublimas, yo apenas decaigo.

***

Cuando veo tu foto en la contratapa del libro se me viene a la cabeza el brillo negruzco y vítreo de esa superficie estriada, de esa cascarita dura y repugnante que hace ese sonido espantoso cuando la pisás. Élitros: recuerdo bien la palabra que me enseñaste, amor mío. ¿Sabés qué son los élitros, Mirna? No me lo dijiste: son alas modificadas para proteger a las que están abajo. Y eso sos vos: una mujer que protege sus alas en forma egoísta para no volar junto a nadie.

Sos genial, te has hecho hacer un vestido Fortuny y lo lucís en la foto, apoyada en una columna de algún templo del Mediterráneo, y seguís usando ese labial marrón brillante que contrasta con la hermosa palidez que has adquirido con los años. Ese vestido son tus élitros, Mirna: las alas modificadas que ocultan tus verdaderos apéndices volátiles, esos que has desplegado.

¿Sabés lo que sos?, Mirna: un bicho mágico, que brilla al sol y a la luna, que miles de personas circundan como en Karnak. Sos un bicho que incomoda porque, si lo atrapás, se puede romper, y no quiero que hagas ese ruido espantoso con los estuches que guardan tus alas. Tengo responsabilidades, cosas que hacer en la vida, y no puedo andar por ahí amando a un escarabajo sagrado.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 20 de octubre de 2025

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