Última visita desde Zorzalito

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

(A con la seguridad de que nos reencontraremos en Paraná, Pekín o donde sea)

El presentimiento que rondaba a Amado Astolfi fue, extrañamente, el modo más literario de morir que encontró. Hay historias cuyo desenlace se decide lejos de nosotros, gobernadas por fuerzas externas, caprichosas, incontrolables.

Astolfi era uno de esos hombres para quienes el tedio funciona como examen: la hondura de un espíritu se mide por su manera de soportar el aburrimiento.

Tras jubilarse como mecánico en su propio taller, intentó recuperar el tiempo perdido. Desde la adolescencia había sido lector autodidacta en la biblioteca del barrio. Algunos textoslo marcaron y regresaban —fieles— cada tanto. Después la vida lo arrastró al trabajo, pero, soltero y sin ambiciones materiales, encontraba una felicidad modesta en leer por las noches.

Leía sin programa ni método: después de Séneca, García Márquez; tras Dumas, un libro de astronáutica. Caótico, sí, pero feliz. Los no lectores jamás entenderán la alegría silenciosa de quien devora páginas.

Con los años se animó a escribir: primero poesía, luego narrativa. Había publicado menos de diez cuentos en un periódico local. No era famoso ni pretendía serlo, pero había alcanzado algo parecido a la serenidad.

Hasta que ocurrió lo inesperado.

Una tarde de primavera —una primavera temprana y calurosa— alguien golpeó el llamador de su casa. Astolfi nunca quiso poner un timbre eléctrico: manías de romántico.

Estaba acostado, vestido, con pantuflas viejas manchadas de café derramado en madrugadas distraídas.

La mujer en la puerta no parecía simpática ni antipática: simplemente dura, como quien ha vivido demasiado.Se dirigió a él con una cortesía anticuada, tratándolo de usted.

Dijo llamarse Evelia —nombre casi extinguido— y aseguró ser maestra jubilada de un pueblo del interior llamado Zorzalito.

Astolfi buscó el lugar en su memoria, pero no apareció, ni siquiera cuando ella precisó la provincia.

Se presentó como escritora y dijo sentir simpatía por “sus colegas solitarios”.Para sorpresa de Amado, elogió uno de sus cuentos, señalando detalles que solo una lectura atenta podía haber detectado.

Astolfi, que jamás se creyó un autor importante, no podía entender cómo una mujer de otra provincia, nacida en un pueblo ignoto, conocía su obra.

Sabía muy bien que no era famoso y, si bien tenía autoestima, también tenía conciencia: estaba lejos de ser el mejor cuentista del mundo.Sin embargo, hay un placer secreto en saberse leído, más allá de la exactitud de las observaciones. Le tomó afecto inmediato y, movido por una cortesía casi caballeresca, la invitó a pasar a la sala.

Se sentaron.

Astolfi trajo una tetera que había sido de su madre y dos tazas antiguas, muy bien cuidadas. Vertió el té con esmero: sus manos curtidas de mecánico se movían con la delicadeza de un gran señor.

Evelia agradeció con una leve inclinación de cabeza y elogió el sabor de la infusión.Luego, sin transición, comenzó un soliloquio:

—Mi vida ha discurrido en la más profunda soledad. Nunca me casé. Viví dignamente como maestra y, al jubilarme, me dediqué a la actividad más hermosa del mundo: leer. Usted lo sabe, Astolfi, no hay comparación posible.

Pero llega un momento en la vida del lector en que nace una necesidad: un insecto debajo de la piel que quiere abrirse paso como sea.

Bajó la mirada, casi avergonzada.

—Así fue como, de un día para otro, tomé un cuaderno y una birome y escribí mi primer cuento. Zorzalito no es un lugar inspirador: la plaza, la comisaría, las casas de los ricos; más allá, un caserío mínimo.Hay apenas una estación de servicio a tres kilómetros.Sin embargo, mi imaginación me permitió crear un mundo propio dentro de mi querido terruño.

Guardó silencio unos segundos, antes de añadir:

—Ese inicio fue fundamental. Siempre había querido escribir, y la sensación de felicidad de saber que lo estaba haciendo me llevó a un Parnaso que nunca había imaginado.

De pronto mi cabeza se desoxidó y comencé a imaginar historias de todo tipo.No podía creer que yo, una pobre maestra jubilada de Zorzalito, en Ninguna Parte, estaba creando. Sí, Astolfi: creando.

Respiró hondo.

—Hasta que un día, hace unos pocos meses, comencé a escribir lo que considero que será —una vez terminado— mi mejor cuento.Intento encontrar un final, Astolfi, pero no lo encuentro.Ese desenlace que debe ser único me está vedado y no sé por qué.

Astolfi la escuchaba con una atención que hacía años no dedicaba a nadie.

—El cuento surgió después de almorzar algo sencillo y mientras miraba la calle ancha de Zorzalito. Trata de un hombre que guarda una campana sin badajo en su casa.No sabe de dónde vino, pero está allí desde hace años.Un día, un viajero misterioso le dice que conoce la leyenda de una campana muda cuyo badajo está escondido en otro pueblo.

El hombre queda fascinado y se propone como único fin en su vida unir la campana con su badajo.Carga la campana en un caballo y recorre distintos pueblos, preguntando a los lugareños si saben algo del apéndice faltante.

Hizo una pausa.

—El personaje no sabe a ciencia cierta por qué razón algo lo ha movido a una empresa tan baladí.Es curioso que los seres humanos nos embarquemos en historias cuyo sentido desconocemos.Duda de la existencia del badajo; comienza a pensar que fue víctima de una broma, de algún desaprensivo que quiso burlarse de su lirismo.

Astolfi esbozó una sonrisa indulgente.

—¿Me está queriendo decir que usted vino a este pueblo, a mi casa, para contarme esto?

Evelia apoyó las manos sobre las rodillas, como quien se arma de valor.

—Sé que todo esto es extraño, pero cuando leí uno de sus cuentos me percaté de que usted era la persona indicada.

Estoy metida en un escollo y no puedo salir, y sé que el final del cuento es prácticamente lo único que deseo en la vida. Ayúdeme a terminarlo, Astolfi, y luego quedará liberado para siempre.Le prometo desaparecer de su vida y no molestarlo jamás.La campana está incompleta, Astolfi. Y yo también. El badajo está en otra parte, como si lo hubiera escrito otra persona.Y esa persona es usted, lo sé.

Entienda que el simbolismo de la campana sin su badajo me revela una existencia insondable, críptica para mi mente. Supe, cuando me enteré de su existencia y de su obra —no sea modesto, Astolfi, tiene una obra—, que usted era el depositario de una respuesta contundente a mi pregunta. Soy una persona de pocos recursos; mi jubilación apenas me permite una comida digna al día y algunos libros para solazarme. Comprenda el esfuerzo que significó venir desde Zorzalito para pedirle este favor. Sea digno de ese esfuerzo y participe en la conclusión de la historia.

Hubo un silencio breve y denso, en el que solo se oía el bullicio lejano de la calle.

Astolfi, por primera vez en años, sintió un estremecimiento insano. La idea de algo legendario comenzó a rondarle la mente, generándole una desavenencia de espíritu difícil de explicar. No sabía por qué, pero estaba seguro de que había esperado esa visita durante años.

—Quiero mostrarle algo, Evelia —dijo a media voz.

Su expresión era la de quien necesita confesar algo que lo avergüenza. Se levantó despacio y se dirigió a una vieja cómoda provenzal —legado de su abuela—.

Abrió el último cajón, sacó un envoltorio de tela pesado y lo depositó sobre la mesa. Desató la cuerda que sujetaba el paño desgastado y expuso ante los ojos de Evelia el badajo de una campana.

—Estuvo siempre en la casa. Nadie supo explicarme qué hacía aquí ni a quién había pertenecido. Nunca le di demasiada importancia: pasó años tirado en un rincón del taller, hasta que un día lo envolví y lo guardé, sin saber muy bien por qué.

Tal vez sea eso lo que está buscando, Evelia. Es suyo, le pertenece. Haga lo que deba hacer. Yo no terminaré el cuento.

Evelia lo miró fijo, con una serenidad que no era del todo terrenal.

—Tal vez usted sea lo que estoy buscando —dijo, mientras observaba el badajo en el centro de la mesa.

Tomó el pedazo de bronce con la mano derecha y lo acarició con la otra, a lo largo, como si fuera una criatura viva, un ser dotado de alma. Luego alzó la vista hacia Astolfi, que se había acercado, hipnotizado, a contemplar el objeto. Evelia lo observó un instante y, con una decisión implacable, levantó el bronce y le asestó un golpe en la cabeza.La sangre se extendió lentamente sobre el piso de granito claro.

Evelia salió de la casa sin mirar atrás, con paso sereno, rumbo a una dimensión incierta llamada Zorzalito.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 13 de noviembre de 2025

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