Casi magia

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

A Juan Sebastián Díaz, mago de la amistad

La cuestión era interesante. Al menos, así me lo dijeron. No, no: ya sé que soy medio crédulo y que suelo prestar oído a historias imposibles. Pero ¿qué es una historia imposible? Es algo que te cuentan y que, si no estás predispuesto a creer, podés negar con facilidad. ¿No es así?

Para mí, no existen historias imposibles porque siempre creo todo lo que me dicen. ¿Que soy inocente? Tal vez. Pero he sido tan feliz en mi inocencia que estoy dispuesto a escuchar lo que cualquiera quiera confiarme. Tal vez soy eso: alguien que funge como escucha natural de leyendas inverosímiles, de anécdotas difíciles de comprobar. Y está bien. Así soy y así me quedo.

Sí, es cierto: el mago y su ayudante existieron. Él, un hombre de mediana edad cuando lo conocí, tenía una profesión que nunca terminé de recordar del todo. Creo —no lo juraría— que era contable en una tienda del centro: uno de esos hombres de calvicie prematura que pasan la vida detrás de un escritorio de madera mientras los clientes revuelven saldos y retazos, o se detienen ante maniquíes con prendas de oferta.

La ayudante… jamás supe quién era realmente. Una mujer hermosa, sí; eso no podría olvidarlo.

En fin: él no se llamaba por su nombre artístico —que no viene al caso—. Su nombre real era Cipriano, un nombre de otra época. Ella, Zafira —así se hacía llamar—, trabajaba también en la tienda. Una dependienta joven aún, que no había llegado a los cuarenta. Presumo que vivía con sus padres y que llevaba una vida tranquila antes de que la magia la encontrara.

Cipriano, soltero como ella, había cultivado desde chico cierta habilidad para la prestidigitación. Lo clásico: la paloma que desaparece, el pañuelo que entra de un color y sale de otro. Nada de serruchos, cajas con doble fondo ni grandes peligros. Magia de manos: limpia, luminosa y apta para todo público.

Zafira era el imán del espectáculo. Tenía modales refinados, un rostro que parecía iluminado desde adentro y una picardía en los ojos capaz de desarmar hasta al adulto más adusto. Su traje de lentejuelas azules —de ahí lo de “Zafira”— ponía magia dentro de la magia. Ensayaba cada número con una dedicación casi profesional.

Con el tiempo, ambos se hicieron conocidos en todo el pueblo. Animaban cumpleaños de quince, casamientos y las clásicas reuniones dominicales en el club. Artistas de pueblo, sí. Y el lunes por la mañana, vuelta a la tienda: bufandas, sábanas, calzoncillos y todo lo que la vida real demanda.

Una tarde, mientras Cipriano y Zafira estaban en esos menesteres cotidianos, entró un hombre de aspecto serio y rostro decidido. De esos que están acostumbrados a dar órdenes sin necesidad de levantar la voz. Miró algunas prendas en los mostradores, pero era evidente que no buscaba ropa. Llevaba un maletín de cuero bicolor, de una marca que ninguno de los dos podría haber comprado jamás.

Esperó a que la clienta que tenía delante pagara y se retirara. Eran las cinco de la tarde de un día de comienzos de verano; la siesta aún no había terminado oficialmente. Entonces se acercó a Zafira, que acomodaba unas prendas dobladas.

—Me dijeron que aquí trabaja una pareja de artistas. ¿Es cierto? —preguntó con una sonrisa algo tensa, pero sincera.

Zafira lo miró con cierta desconfianza. Sabía que su número había ganado fama en la zona, pero no creía haber llegado tan lejos. Tenía aplomo —siempre lo tuvo—, así que respondió:

—No sé si somos “una pareja de artistas”, pero alguna magia hacemos… no voy a negarlo.

La sonrisa del hombre se volvió más amable. Abrió el maletín y sacó unos papeles que parecían documentos oficiales. Zafira temió, por un instante, alguna multa insólita por ejercer magia sin permiso municipal.

—Vea —dijo él—, quizá suene raro, pero me gustaría hablar con ustedes. ¿El mago también trabaja aquí?

No había terminado de preguntar cuando Cipriano, atento como siempre, apareció desde el fondo. Sin decir palabra, tendió la mano. El desconocido se la estrechó con firmeza. Algo quedó sellado en ese apretón. Zafira lo comprendió sin saber por qué.

—Trabajo en diversos emprendimientos en la capital —continuó el hombre, sin mencionar su nombre—. Hace unos días, alguien que asistió a un casamiento donde ustedes actuaron me habló maravillas de su show. En estos tiempos en los que la tecnología lo arrasa todo, no es menor que la magia todavía logre cautivar.

Cipriano agradeció con un gesto mínimo. Zafira quedó meditando.

¿Qué buscaba aquel hombre de ciudad?

¿A qué venía a ese almacén humilde en un pueblo donde nunca pasaba nada extraordinario?

El visitante siguió:

—Estoy poniendo en marcha un proyecto nuevo. Compré un local abandonado y lo refaccioné. Después de varios intentos fallidos, decidí concretar un sueño de la infancia: abrir una radio. Música de todos los estilos —sin lo grosero, naturalmente—: rock clásico, melódicos, programas nocturnos, entrevistas. Pero quiero darle un toque distintivo. Algo que nadie haya hecho antes.

Los miró con intensidad.

—Y pensé en ustedes.

La sorpresa fue inmediata. Cipriano y Zafira intercambiaron una mirada rápida, incrédula pero ansiosa.

Cipriano se aclaró la voz.

—Estamos agradecidos, señor. Pero hay cosas que no entendemos. ¿Qué hacemos dos magos… en una radio?

—Magia —respondió él, con una simpleza desconcertante.

—¿Magia? —repitió Zafira, frunciendo el ceño.

—La magia que ustedes hacen como nadie.

El silencio que siguió fue casi teatral. Los maniquíes, inmóviles tras el vidrio, parecían participar de la escena.

—Pero… —dijo Cipriano—, ¿cómo va a ver el oyente que saco un conejo de una caja o que Zafira elige una carta?

La sonrisa del hombre se ensanchó, dulce y misteriosa, como si contuviera una felicidad antigua que por fin encontraba un resquicio para escapar.

—Usted es mago. Y usted, señorita, es la mejor asistente que un mago podría desear. Conocen sus trucos de memoria. Han fallado pocas veces; y cuando algo sale mal, saben esconderlo con gracia, con ese encanto que solo tienen los artistas verdaderos. Ustedes son magos más allá de los conejos, las galeras y los pañuelos. La magia que tienen es otra.

La declaración los conmovió. Por unos segundos quedaron suspendidos en una emoción indefinida. ¿Qué pretendía aquel hombre? ¿A dónde quería llevarlos?

Entonces, como adivinando el desconcierto, retomó la palabra:

—Hay una persona a la que le debo casi todo lo que soy. Sin ella, yo no habría sobrevivido a ciertos años duros; créanme, hubo temporadas en las que no tenía más que mi terquedad y su cariño. La vida me exigió esfuerzo constante, trabajo sin descanso, tropiezos y comienzos desde cero. Pero ella estuvo siempre ahí: firme, amorosa, capaz de sostenerme con una palabra o con un silencio. Su presencia —no sabría llamarlo de otro modo— fue una forma de magia. Una magia íntima, silenciosa, que me mantuvo en pie cuando era más fácil caer. Y ahora quiero devolvérselo… de la única manera que creo que puede alegrarla.

Extendió los papeles.

– Sus contratos, léanlos atentamente, por favor.

***

La enfermera avanza por los pasillos blancos de la clínica. Es turno noche: ese reino extraño donde la vigilia y el sueño, la vida y la muerte, caminan tomadas de la mano. El olor de la terapia intensiva la golpea, pero ya forma parte de su rutina.

Recibe las indicaciones de la guardia, escucha los partes médicos y después se toma un minuto para respirar antes de enfrentar otra noche de pacientes en un limbo silencioso. Algún día yo también cruzaré ese umbral, piensa, sin miedo.

Abre su cartera y saca una radio a transistores, antigua, con funda de cuero marrón. La radio de alguien mayor, piensa, sin saber por qué la imagen la enternece.

Camina hasta la última cama. Allí descansa una anciana conectada a diálisis, respirando con ayuda de una máscara. No se mueve. No abre los ojos. Sus manos son livianas como papel.

La enfermera le toma una de ellas y siente una quietud profunda.

Una quietud que duele y reconforta al mismo tiempo. Coloca la radio en la mesita de luz.

La enciende. Del pequeño altavoz brota la voz cálida y envolvente de Cipriano.

Se oyen aplausos, murmullos, la risa cristalina de Zafira. Y luego la descripción del truco final: el conejo blanco.

La anciana sonríe. La enfermera también.

Porque hay magias que no necesitan ser vistas para existir. Basta con creerlas.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 4 de diciembre de 2025

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