Florencio Nicolau
Especial para Eco Italiano
“El movimiento nunca miente. Es un barómetro que revela el clima del alma a todos los que lo pueden leer”. Martha Graham.
¿Qué es esta realidad abstrusa, fantasiosa que no me permite razonar? No sé qué han hecho con mi mente; tampoco creo que me interese saberlo, ya que no podría hacer nada para cambiarlo. Seguramente han operado en mí una serie de modificaciones según los criterios de algunos expertos en el manejo de estos viajes.
Cuando me preguntan si quiero viajar, digo que sí. Soy muy ilusa y conservo esa idea romántica del viaje lejano. No sé por qué, a pesar del paso del tiempo y del aprendizaje acumulado por la experiencia de otros, no conseguimos evitar ciertos errores. La travesía es romántica: es el viaje de los libros decimonónicos. Darwin partiendo de su casa a los veintidós años y regresando cinco años más tarde; Cook extraviado en medio de una nada líquida tan vasta que, durante días, no se ve más que el reflejo dorado del sol lacerando los ojos. Viajes y viajeros. Hombres, mujeres y también niños —¿por qué no?— que invierten tiempo de sus vidas simplemente para estar en algún otro lugar.
Sin embargo, podemos estar en cualquier parte con nuestra mente. ¿Dónde estamos normalmente? Creemos estar en un sitio: en casa, en el parque público, en un museo contemplando cuadros y esculturas. Pero siempre asumimos —o creemos asumir— que ese lugar es concreto y tiene una ubicación aproximada. ¿Estamos seguros?
Me hacen pasar a una oficina fría y desprovista de personalidad. Parece una de esas salas hospitalarias donde los médicos informan sobre pacientes delicados. Sin embargo, percibo algo de alegría y bondad en los rostros de mis entrevistadores. Uno de ellos posee rasgos inequívocamente masculinos. El otro es de naturaleza incierta: no resulta posible definir su sexo, género u origen. Y ahora entiendo por qué, formalmente, hemos comenzado a llamar “unidades de carbono” a toda forma de vida del universo: si hay un elemento que nos unifica es esa estructura elemental en torno al carbono. Las pocas unidades de silicio podrían considerarlo discriminatorio, pero es la misma historia: siempre —sí, siempre— aparecerá alguien diferente.
Me informan que he sido seleccionada y que partiré en el próximo lanzamiento. Explican los pormenores y los tratamientos previos al viaje. Sé que modificarán algo en mí: me lo han advertido. Se dice que, al regresar, uno vuelve a la misma realidad. No estoy en condiciones de discutir con la corporación; hace mucho que aprendimos a comprender el poder absoluto como lo que es. Me comunican que la misión es muy importante y que no se descarta que sea histórica. Me miran con esas sonrisas imprecisas y me recuerdan que, en estos tiempos de grandes avances, no es poca cosa convertirse en pionera. “Conseguirás algo diferente y será recordado”, dicen. En cuanto a ellos, el ser indeterminado abre de par en par sus ojos amarillos, que viran lentamente hacia el azul —al parecer es su forma de manifestar la pasión entre los de su ¿gente?— y exclama, a través del traductor: “¡Romperemos el cielo con esto!”.
***
Me someto a las pruebas de rigor y me conducen al lugar de la modificación. Es una silla anatómica en la que pueden conectarse diversos sensores al cuerpo. En una pantalla virtual que flota en el aire se indican las zonas que recibirán una alteración parcial y de duración limitada: me garantizan que volveré a ser la unidad de carbono que siempre fui. Por primera vez me siento distendida e intento generar un clima más cordial con esos doctores y técnicos de frialdad inmerecida.
—Podés decirme “la misma chica de siempre”, no hay problema.
Sonríen.
—Algunos circuitos pueden no fijarse correctamente o funcionar de manera extraña al principio. No te preocupes. Quizá, al terminar la misión, te queden algunos recuerdos confusos por pocos días. Es menos frustrante que el antiquísimo jetlag, ¿has oído hablar de eso?
Le digo que sí, que siempre me llamó la atención el fenómeno.
Me siento cómoda.
***
El planeta de destino es un cuerpo rocoso en las cercanías de una estrella del Grupo Local. Técnicamente, es un viaje muy similar a los que se realizan desde hace más de trescientos años. El objetivo es la exploración y la prospección minera: en esencia, lo mismo de siempre. Se identifican patrones geológicos, se verifica la rentabilidad de extraer determinados minerales y, si la respuesta es afirmativa, detrás de nosotros llegan los operadores industriales a arruinarlo todo. Si existen habitantes conscientes en el área —anteriores al desarrollo de tecnología espacial— se los indemniza enviándolos a otra región del mismo cuerpo o, directamente, se los transporta en mejores condiciones a otro planeta. Siempre hay conflictos y revueltas, pero algún acuerdo se alcanza.
Una vez detectada la posición correcta y establecidos todos los parámetros, comienza la exploración. Debo concentrarme y tratar de descender en el paisaje, entrar en unión perfecta con todo lo que constituye la parte física del planeta. En todo momento permaneceré sentada aquí dentro, en la cápsula de acercamiento: una estructura pequeña pero cómoda, con acceso a todo lo que necesito. Ya no hay padecimiento ni sufrimiento en estos viajes. La humanidad aprendió que no vale la pena estresar a los trabajadores. ¿Me entienden? No iré físicamente a ninguna parte.
La recreación del planeta es impecable. Camino por un paisaje rocoso que me recuerda imágenes de un país ya inexistente en la Tierra, llamado Jordania: arenas rojizas y rocas negruzcas dispersas. El planeta es real, lo sé, aunque yo no lo sea del todo. El paisaje es una simulación basada en los datos que tenemos, pero esos datos son incompletos y la reconstrucción no siempre coincide con la realidad. Un error acumulado puede generar una percepción distinta del lugar que exploramos. ¿Estoy caminando allí? Sí y no. Mis percepciones sensoriales han sido adaptadas para desconectarse del cuerpo y entrar en comunión con los bioimplantes que me permiten sentir el planeta desértico. Viviré experiencias únicas en un mundo desconocido, pero, en la realidad tal como la entendemos, nunca estaré allí.
Numerosas personas, al regresar, desarrollan depresiones severas: no soportan haber atravesado experiencias irrepetibles que, en verdad, nunca vivieron. Es uno de los males actuales. Se trata con antidepresivos, pero siempre queda un trasfondo de desconsuelo. La mayoría de estas misiones solo entrena a futuros viajeros físicos o se destina a probar máquinas trituradoras de roca. Hay mundos a los que jamás se envió a un ser humano: costos excesivos, cuerpos imposibles de adaptar, atmósferas que nos rechazan. El universo, simplemente, se ha vuelto complejo.
***
Por rutina, camino un poco por el paisaje desértico. La misión dura unas trece horas virtuales, que pueden coincidir —o no— con el tiempo biológico al que estoy sometida en la cápsula. No hay problemas con los implantes ni nada por el estilo. Soy plenamente consciente de mi realidad. Hago el ejercicio de recordar mi vida normal, tal como prescriben los técnicos y el protocolo. Recuerdo a mi gato, lo que hice la semana pasada, dónde está el cuchillo de cocina, el precio del brócoli. Todo bien: soy yo.
Doy unos pasos más y el viento virtual del planeta —ese viento seco, de grano fino, programado para rozar apenas la piel— pasa sobre mis brazos. Todo encaja. Todo responde como debe. La planicie roja es perfecta en su monotonía: dunas bajas, fracturas de roca oscura, un horizonte casi inmóvil. Nada extraño. Creo que será una misión corta, incluso exitosa.
Sin embargo, siento una rareza en mí: una mezcla de tranquilidad y logro, pero también una soledad honda, como si una parte de mí hubiese sido vaciada sin que yo lo notara. Sé que los viajes de este tipo suelen dejar recuerdos alterados y cierta angustia residual; está estudiado, entrenado, incorporado al protocolo. Tal vez el desierto no sea un paisaje adecuado para sentirse bien: los humanos aún cargamos un desasosiego antiguo ante la inmensidad abierta.
Y sin embargo… la casa está ahí.
Sí, ahí, a unos doscientos metros, en medio de las arenas rojizas y las afloraciones de roca negra.
Me detengo. Consulto el panel interno. Todo en orden: sin alertas, sin desajustes, sin anomalías de renderizado. Nada fuera del protocolo.
No entiendo nada.
No tengo miedo, créanlo. Siempre he sido osada, algo temeraria incluso; quizás por eso he conseguido ciertas cosas en mi vida. Avanzo hacia la casita, que se vuelve más real a cada paso: más sólida, más definida, más imposible de ignorar. Después de varios segundos —los suficientes para confirmar que dejo huellas nítidas en la arena: la simulación sigue perfecta, así que no estoy delirando— llego a la puerta, que está apenas entornada.
Irresponsablemente, la empujo y entro.
El estudio es tal como lo había visto en videos y publicaciones de la biblioteca. Me conmueve poder verlo con mis propios ojos. El piso de madera exhala un olor inesperado, cálido, casi orgánico, distinto a cualquier reconstrucción digital que recordaba. Las paredes descascaradas revelan capas de pintura antigua que emergen como estratos geológicos. Las barras de madera empotradas, el espejo que ocupa casi todo un lateral… todo parece suspendido en una edad remota. Es un viaje de siglos.
Y entonces, de pronto, está allí.
Una celebración pura del movimiento: el cuerpo esbelto, los brazos que trazan líneas suaves en el aire con una soltura extraña, casi líquida, como la de un organismo microscópico desplazándose en una gota de agua. Por momentos se sostiene en un solo pie, luego se deja caer al suelo con la naturalidad de quien respira; arquea la columna en un gesto delicioso mientras los brazos dibujan dos semicírculos perfectos a sus costados. Es una delicia para los sentidos, aunque no logro precisar qué es lo que verdaderamente siento. No entiendo qué hace esta mujer en una habitación perdida en la superficie de un planeta nuevo.
Una realidad indefinida.
Realidad indefinida… jamás había pensado en eso.
De repente se detiene y se incorpora con una gracia que roza lo imposible. Está descalza, y la piel de sus pies contrasta con el tono oscuro de la madera. El deterioro del estudio, sus colores desvaídos, nada de eso puede opacar la escena: la simple presencia de la bailarina llena el espacio entero de una belleza casi insoportable. Hay algo en ella que no se ve, algo que trasciende esa carne y esos huesos que la sostienen.
Pasa junto a mí sin advertirme; se inclina sobre una silla de madera con asiento de mimbre tejido y toma una toalla para secar la fina película de sudor que le cubre la frente y el cuello.
Mimbre tejido… ¿dónde aprendí eso?
Creo que nada pertenece realmente a esta sala y, al mismo tiempo, todo le es propio. Es una paradoja perfecta, imposible de analizar. La bailarina retoma su rutina: comienza a dar giros lentos, luego más amplios, en una secuencia de movimientos que parecen más místicos que gimnásticos. Hay algo en esos gestos, en la manera en que su torso se pliega y se abre, que parece cargado con la historia de siglos y siglos de existencia en algún punto remoto del universo. No es solo una mujer bailando: es un tiempo entero que se expresa a través de ella. Un pasado y un futuro que se entrelazan en un vórtice íntimo, concentrado en ese cuerpo grácil enfundado en una simple malla oscura.
Su danza es anterior al nacimiento del lenguaje.
No sé cómo lo sé, pero lo sé.
Y entonces algo ocurre en mí: una vibración, un eco muscular, como si sus movimientos despertaran impulsos dormidos en lo profundo de mi estructura. Siento pequeñas contracciones involuntarias, respiraciones que no decido, gestos que no me pertenecen. Esa mujer está transmitiendo algo: una energía que no es telepática ni tecnológica, sino corporal. Una resonancia. Un recuerdo.
En un instante que no puedo medir, siento que no la estoy mirando: la estoy recibiendo.
Somos una y otra a la vez.
Ella gira y mi cuerpo responde con una tensión que reconozco sin recordar. Un impulso antiguo, primitivo, que no podría haber aprendido: una memoria incrustada en el pliegue más remoto de mis implantes o en la parte más elemental de mi carne. Una memoria ancestral, pienso, y el pensamiento me atraviesa con una certeza imposible.
La bailarina soy yo.
¡Puta madre!… ¿Alguien dejó pasar un fragmento del código de una bailarina de hace cinco siglos en el simulador del planeta?
El pensamiento surge, pero no logra anidarse. Es imposible un error de programación tan grosero. ¡La bailarina está aquí! Pero… ¿dónde diablos es aquí?
Después de que me saquen los implantes sé que no volveré a ser la chica de siempre. Algo ha cambiado en mí. He padecido —sí, padecido es la palabra— un reencuentro.
***
El gato corretea por el pasillo mientras la joven mujer se prepara algo para cenar. La casa es amplia, luminosa, con todas las comodidades que el mundo moderno exige. Es la ventaja de ganar bien, incluso cuando el precio es arriesgar la integridad de la propia mente. Después de extraer los implantes y retirar los sensores de simulación, siempre hay un retorno confuso a lo concreto. Ella, a pesar de su corta edad, ya está acostumbrada a ese desajuste.
El último trabajo le dejó un sabor agridulce: una sensación de pérdida, de haber extraviado algo que no vivió o que tal vez vivió a través de otro. Es angustiante, pero sabe que podrá sobrellevarlo. Recuerda las arenas rojizas del planeta que recorrió virtualmente y levanta la cabeza con los ojos cerrados, como si buscara en su memoria un fragmento que intentara emerger desde algún rincón pero no lo consigue.
Hace unos días mandó instalar una barra de metal en una de las paredes, frente a un gran espejo que le permite verse de cuerpo entero. Está tomando clases de danza con un programa específico, pero incluso el simple hecho de estirarse y poner a prueba su cuerpo le provoca una plenitud inesperada.
Nadie sabe —ni siquiera ella— por qué empezó a bailar de un día para otro. Pero cada noche, al moverse frente al espejo, siente que hay algo antiguo, remoto, que regresa. Algo que no puede nombrar, pero que reconoce en su cuerpo antes que en su mente. Y esa certeza, tan tenue como luminosa, le basta.
Romperemos el cielo con esto, piensa. No se acuerda dónde lo escuchó.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 11 de diciembre de 2025
