Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
A Lorena Panelli que puede leer ese otro lenguaje
Empiezo de nuevo.
La historia es antigua y misteriosa, como el perfil de una dama en un camafeo olvidado en el fondo de una cómoda. Me la contó tu abuela. A ella, su abuela. Así viajan algunas historias: de boca en boca, gastándose un poco, pero sin desaparecer nunca. Como un eco que insiste.
Pasó hace muchísimos años. Tantos que, si uno pudiera apilarlos —los años, digo—, tal vez llegarían hasta algún rincón del espacio.
¿Los años se pueden apilar?
Depende de cómo mires el tiempo. Si lo pensás como libros, por ejemplo, no suena tan descabellado.
Hay años fuertes, esos que bancan peso. Son macizos, densos, llenos de cosas que cambian a las personas y dejan marca, aunque uno no quiera.
Y hay años débiles.
Años que no sostienen ni una pluma. Pasan livianos, casi sin hacer ruido, hechos de recuerdos frágiles, de cosas que no dejaron huella. A veces son demasiados. Y cuando uno se da cuenta, ya es tarde. ¿Sabés por qué se dejan pasar los años así?
Por miedo.
Después están los años bravos. Duros, como el golpe de un herrero. Años capaces de cargar una vida entera de dolores y desgracias, pesados… como un yunque.
Pero dejemos hablar de los años. Que pasen como puedan. Así es el destino que el universo le tiene reservado al tiempo.
La abuela de tu abuela tenía quince años —decían— cuando vivió esta historia. ¿Quién me la contó? No importa demasiado. Podría haber sido cualquiera.
Decían que había entablado amistad con alguien un poco distinto, como esas nubes de forma rara que aparecen muy de vez en cuando y se quedan para siempre en la memoria.
No sé si la relación entre ellos era algo fácil de entender. Tal vez había dificultades de lenguaje. Las palabras suelen quedarse cortas cuando se trata de personas verdaderamente distintas.
Y ellos lo eran.
¿En qué sentido?, te preguntarás. Distintos de verdad.
Dicen que se conocieron en el año del cometa. Vaya uno a saber. El asunto es que, en algún momento, él apareció y se hicieron amigos: la abuela de tu abuela, ¿se entiende? Y así, entre juegos, empezaron a congeniar, a entenderse de una manera… casi sobrenatural.
A la abuela de tu abuela le gustaba mucho leer. En esos años no había televisión ni cosas parecidas. La gente se entretenía de dos maneras: mirando las flores o leyendo libros. Era otra vida, ¿sabés?
Se valoraba la simple posibilidad de ver lo que estaba ahí, en todas partes, solo por el hecho de existir. Hoy ni siquiera sabemos que existimos. Es triste, sí.
Su amigo le enseñó muchas cosas. Por ejemplo, a contar las gotas de rocío para interpretar ciertos mensajes del mundo que los rodeaba. Veinte gotas sobre una hoja podían anunciar una vida larga y próspera; diecinueve, que la gata de la casa estaba preñada.
El lenguaje con el que se expresa el universo es misterioso para quienes piensan siguiendo reglas fijas. Por eso hace bien volar un poco, salirse de uno mismo y pasar a formar parte del todo, para pensar juntos.
A veces había tantas gotas que resultaba difícil entender el mensaje, pero ella se entretenía igual, contándolas.
¿Sabés por qué?
Porque no siempre hace falta que las cosas tengan un objetivo para darnos placer. Esa capacidad también se nos fue apagando con el tiempo.
Pero nos desviamos un poco en este paseo por la vida de la abuela de tu abuela. Te decía que le gustaba leer, y ahí está la clave de lo que vino después.
No hablo del simple hecho de descifrar letras, sino del verdadero arte de la lectura, un arte que hoy casi hemos olvidado.
Con su amigo aprendió a leer de verdad. Y leer de verdad es crear. Suena lindo, ¿no?
Pero cuando uno recién empieza tiene que tener cuidado, porque a veces las cosas se van de las manos… o del alma.
Una mañana, la abuela de tu abuela leyó un libro sobre pájaros. Leyó toda la mañana: las plumas, los picos, los cantos, las costumbres raras, los hábitos nocturnos de las lechuzas, las migraciones de los gansos.
Se le abrió un mundo entero. Quedó asombrada, no solo por lo que aprendía, sino por la belleza.
Por la tarde, la cosa se volvió insostenible. En la casa ya no sabían qué hacer con tantas plumas ni con los cantos ensordecedores que habían invadido los pasillos de la casona. La imaginación de la chica había pasado todos los límites conocidos.
Su amigo se ocupó entonces de atrapar, uno por uno, a los pájaros y devolverlos —con precisión de relojero— al interior del libro, que cerró finalmente con un golpe seco.
Por esos días, me contaron, se anunció la llegada del cometa. No era algo común: no se trataba de ningún astro conocido por los astrónomos.
Hay rarezas del universo que aparecen una sola vez cada muchos siglos, y los estudiosos se entregan a observarlas, porque a veces esos prodigios dicen más del cosmos que los fenómenos de siempre.
Parece que el universo —o sus arcanos— decide ofrecernos su esencia de a pedazos, para no abrumarnos de golpe con tanto saber.
Y así fue que el amigo de la abuela de tu abuela le dijo, de manera simple y directa, que estaba esperando la llegada del cometa para irse.
—Hace tiempo que aguardaba esto. Fue un placer estar con vos. Hace muchos años, en mi mundo, leí la historia de un cometa que venía desde el fondo del espacio a buscarme. Era claro que, tarde o temprano, iba a pasar.
Entonces llegó la desesperación. La sensación de abandono. Pensar que alguien que, por primera vez, la había entendido de verdad y le había revelado secretos únicos, se iba como si nada.
Fue como perder un tesoro de repente, pero aquel don era más valioso que cualquier riqueza. La abuela de tu abuela había conocido algo que muy pocas personas llegan a conocer de verdad: la amistad sincera.
Acongojada, contó las gotas de rocío de esa mañana. Había catorce sobre una margarita. Eso quería decir que su amigo iba a estar siempre con ella. Primero lloró. Después, sonrió.
Antes de irse, su amigo le explicó algunas cosas:
—¿Sabés que todos somos el reflejo de alguien? —dijo—. Detrás de cada persona hay otras que han tejido vidas, que han dado forma a historias: bellas o ásperas, intensas o apenas tibias, pero historias al fin.
—Vos y yo somos producto de alguien que nos ha creado. Esas personas son lectores.
—El universo está hecho de lectores que se leen unos a otros. Así se va conformando la existencia: cada uno depende de otros y, a su vez, engendra a quienes vendrán después.
—Yo fui leído alguna vez por alguien, que quizá también fue leído por otro. En eso reside el verdadero poder de la lectura.
Hizo una pausa, como si midiera el peso de sus palabras.
—Es probable que no me extrañes —continuó—, porque aunque no me veas, seguirás leyéndome de algún modo. El cometa es solo una excusa para irme. Ya estás lista para hacer tus propias lecturas, sola.
La abuela de tu abuela se estremeció. Luego comprendió que aquella amistad le había revelado un secreto antiguo: la existencia de un poder oculto y, al mismo tiempo, la manera de ejercerlo.
—Solo te pido una cosa —agregó la amistad—: no digas que me conociste. No te van a creer. Y si insistís, se van a reír y te van a hacer la vida imposible. Guardemos nuestra amistad como una moneda única, cuyo valor solo nosotros conocemos. En manos de otro, terminaría olvidada en el fondo de un cajón.
Dicho esto, la amistad desapareció y dejó como recuerdo catorce gotas de rocío.
Y así, la abuela de tu abuela se dedicó a leer la historia de su descendencia. Vio una familia rica de alma, con subidas y bajadas, con dolores, pero supo que eran suyos porque los había leído.
Como te estoy leyendo a vos ahora, entre gotas de rocío que brillan sobre las plantas del patio.
Y así, empiezo de nuevo.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 30 de enero de 2026
