El gesto


Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

I

El espacio es amplio, pero está casi vacío.

Grandes ventanales permiten que la luz del sol inunde la estancia y le otorgue una alegría valiosa, en un mundo que ha renunciado a casi todo o que ha decidido que casi nada sirve ya. Aun así, se admite que el sol conserva alguna utilidad, aunque no siempre adopte una forma directa ni evidente.

En el centro de la oficina hay un escritorio de un material casi invisible a los ojos humanos. Un sistema permite que un observador perciba una estética particular, elegida por el usuario del mueble. Se puede cambiar el diseño de una silla o de un escritorio simplemente reprogramando su aspecto. Sin esto, los funcionarios del Ministerio de Reconstrucción Histórica parecerían estar flotando en el aire.

En el mismo edificio coexisten escritorios barrocos, de estilo Imperio, con patas estilizadas, integrados a escenografías irreales de largos cortinados rojos que evocan el período napoleónico. Trabajar en este lugar vuelve a la gente dependiente y aficionada a las modas de diferentes períodos de la historia.

Una maceta con un lazo de amor parece recordar que el planeta alguna vez fue un reservorio de vida, cuando bastaba con mirar en cualquier dirección para encontrar un árbol y un jardín. Hoy, las masas urbanas cubren kilómetros de paisaje sin dejar espacio para una vista natural o boscosa. Incluso los desiertos han reducido su superficie.

En la pantalla de la computadora, el listado de temas avanza sin pausa. Letras y caracteres flotan en el aire, desplazándose de manera autónoma para facilitar el análisis visual de la información. Desde hace décadas, los problemas estadísticos, archivísticos y matemáticos ya no requieren control humano: las bases de datos se ajustan solas y recalculan en tiempo real los valores necesarios para cualquier toma de decisiones.

La ingeniera de gestos, Zmatilde, piensa en función de su profesión. Posee una necesidad casi compulsiva de analizar todo, una virtud —o un vicio— adquirida en la infancia. Sus padres eran personas prácticas, una cualidad típica del siglo y del mundo actual. La divagación y el ejercicio especulativo del intelecto se consideran vanidades mal vistas, salvo en los estamentos gubernamentales y entre los tomadores de decisiones, que conocen bien el valor de contar con individuos capaces de ir más allá de lo inmediato.

La técnica de la mnemoplásica requiere especialistas capaces de interactuar con los sistemas mediante el pensamiento. La mayoría de quienes trabajan allí —sin que exista una explicación concluyente— necesita teclados para acceder a los sistemas. Parece que mover los dedos ayuda a ordenar las ideas, un ejercicio tal vez vano en un mundo donde ya casi nadie interacciona físicamente con dispositivos.

La mnemoplásica ha modificado por completo la historia y la forma de registrar episodios y administrar información. Hoy podría decirse que conocemos el pasado narrado por los propios individuos que lo vivieron y lo construyeron. Los viajes temporales teóricos, basados en escenarios de máxima probabilidad, han permitido durante los últimos doscientos años reensamblar personalidades históricas y devolverles una forma de vida a partir de la información recuperada.

Después de años de trabajo, el modelado de escenarios se ha revelado como una tarea que exige una dedicación exclusiva. No basta con observar parámetros ni con corregir información a partir de los miles de datos acumulados y procesados por los modelos y los sistemas de razonamiento: hay que interactuar con ellos, conocerlos íntimamente.

Dialogar con un ser mnemoconformado —o mnemos— brinda información crucial, siempre que se esté preparado para percibirla. Y es allí donde la ingeniería de gestos cumple su misión. En un principio se aseguraba que mínimas expresiones, miradas o formas de moverse revelaban el éxito del proceso. De ahí surgió el nombre de la especialidad.

Zmatilde es una profesional apasionada. Le fascina conversar con un romano de hace miles de años, detectar sus patrones de comportamiento y corroborar si el procedimiento de mnemoplásica ha sido exitoso o no. A veces, información espuria se filtra en el proceso y emergen personalidades irreales, incapaces de brindar los datos que los historiadores necesitan.

Hace algunos años, un investigador afirmó que Pericles le había narrado con lujo de detalles una batalla ocurrida siglos después. Un artesano de la Edad Media aseguró conocer conceptos elementales de informática. Tal vez se trate de bromas, interpolaciones o errores sistémicos, pero la sombra de la duda persiste. Incluso hay evidencia de que muchos mnemoconformados proporcionan información errónea de manera deliberada, por motivos que nadie ha logrado determinar.

Sin ir más lejos, Zmatilde tomó su nombre de una versión mnemoconformada de Matilde de Flandes, quien aseguró que su nombre había sido mal registrado y que en el siglo XI se escribía con una Z inicial, algo que, según los registros conocidos, es completamente falso.

¿Qué sabemos realmente de las personas que nos precedieron? ¿Nos precedieron siquiera?

Si tanto se ha hablado de la circularidad del tiempo, de los bucles, de los misteriosos gusanos del espacio y de las geometrías de Lobachevski, ¿qué garantía tenemos de que las personas del pasado lo sean realmente?

Tal vez exista una necesidad profunda de reconstruir vidas anteriores para que nos cuenten sus versiones de la realidad. O tal vez esos personajes no hagan más que devolvernos, con una coherencia inquietante, aquello que nosotros mismos —sus creadores— les indicamos de manera inconsciente.

La pregunta persiste, como un perro que muerde los talones del pensamiento de Zmatilde:

¿No estaremos inventando personalidades que cumplen exactamente con lo que queremos oír, ver y, por qué no, sentir?

II

¿Qué es lo que tengo que ver o ser? Nada más que la gota de agua que cae y sigue cayendo por un tiempo infinito, hasta que el mismo tiempo se agote o se agoste en este jardín de delicias, hecho de una materia inerte, inerme e inestable.

Sabes que no soy lo que soy, mi paz.

¿Qué son esos campos de avena? ¿Qué son?

Nada más que un paisaje verde ondeando al sol, la estrella que brilla desgastando toda su energía hasta la muerte.

Veo, veré.

Creo.

Crearé un mundo que está deformado como un torbellino.

¿Qué veo?

¿A través de qué veo?

No sé qué es ver,

o sentir,

o llorar,

o cantar.

Es una danza de olores y colores.

Nada que pueda decirse que es ver.

Todo es una mentira, una atroz mentira que se sucede desde el lunes martes miércoles jueves viernes sábado y domingo.

El cielo está claro sobre el río. Un espejo que refleja el sino del cielo en las aguas quietas.

Un sol de nácar pinta las copas de los árboles en este lugar que es ningún lugar en concreto.

A veces no sé qué es lo que quieres de mí.

¿Qué quieres de mí?

¿Qué quieren de mí?

¿Qué quiero de mí?

Quiero una pluma.

Au clair de la lune,

Mon ami Pierrot,

Prête-moi ta plume

Pour écrire un mot.

Soy parte de partes de partes. Una serie infinita de pedazos pegados como se puedan pegar.

El que tiene y guarda siempre tiene.

No…

Fluye río, fluye como una canción. ¿Cómo era tu nombre río?…Marne, me acordé.

¿No esperas demasiado de mí, petite renarde?

III

Zmatilde se concentra en el trabajo del día. Es de mañana en la ciudad. Mañana real, con la cara de la Tierra iluminada por el sol. En algunas oficinas virtuales existen mañanas y tardes virtuales, de acuerdo con los requerimientos de ingenieros y técnicos. Hay quienes necesitan la sensación real de medianoche aunque sean las tres de la tarde.

La mujer se acoda en el escritorio y comienza a revisar los protocolos de un nuevo mnemoconformado. Es un trabajo rutinario, nada que pueda generar conflictos y, en caso de hacerlo, el problema suele ser de fácil resolución.

Se trata de un militar de la Primera Guerra Mundial, un episodio bélico de hace unos mil años que marcó con creces la historia posterior. En su momento se habló de que era la guerra más importante que se había desarrollado en la Tierra y de que pasarían años antes de que se volviera a vivir un episodio de semejante magnitud, tanto en número de muertes como, sobre todo, en violencia. Seis años después se desarrolló, como consecuencia del primero, un conflicto que superó ampliamente lo ya vivido.

El trabajo está acabado con una precisión fuera de lo común; de hecho, se trata de una prueba piloto de mnemoplásica basada en nuevas mejoras tecnológicas. Se han eliminado muchos errores derivados de modelos de creación de escenarios posibles y de interacciones con millones de casos que comparten datos con el individuo mnemoconformado.

La ingeniera de gestos evoca al militar.

La palabra no es casual. Desde que se desarrolló la disciplina se habla del término evocación como si fuera un neologismo, y hay razones para ello. Evocar, piensa Zmatilde, y repasa la etimología como si fuera un mantra en latín: ēvocāre, hacer salir mediante un llamado.

Evocar es llamar a la conciencia de un mnemoconformado para que exista como imagen, emoción o presencia exterior… pero ¿qué es la conciencia de estos seres que están en ninguna parte y que utilizan las experiencias de millones de personas?

Los mnemos llevan consigo información propia, de sus vidas, de sus dolores. Pero para que puedan completar su entidad es necesario acoplarles información parcial de quienes los rodearon. Y esto es lo que trae problemas.

Se puede trabajar con la máxima perfección para reconstruir personalidad, aspecto, voz y pensamiento, pero si el marco es equívoco pueden producirse entidades irreales, inexistentes.

El trabajo de Zmatilde y de sus colegas es controlar que el resultado tenga al menos un noventa y nueve coma nueve por ciento de fidelidad respecto de lo buscado.

El soldado se presenta como una nube de plasma informe en el espacio frente al escritorio de Zmatilde. Es un hombre joven, pero castigado por los rigores de la guerra. Está muy venido a menos y tiene la típica mirada de los soldados de la época: harto de ver mutilaciones, sangre y, sobre todo, hambre.

—Madame, puis-je vous aider?

Es claramente un hombre de otra época, con costumbres y lenguaje largamente olvidados entre las clases acomodadas del planeta. Suena extraño escucharlo hablar así y despierta una nostalgia por una cortesía que Zmatilde nunca vivió. Al menos, no de esta manera.

Zmatilde habla francés a la perfección. Formó parte de sus estudios.

El hombre no parece estar confundido como suelen estarlo muchos recién nacidos —como se los llama en la jerga—. Se lo ve seguro de sí mismo, como si ya supiera que lo iban a traer de nuevo a esta suerte de existencia mixta entre la realidad y lo no del todo real.

La mujer se concentra en los parámetros que van surgiendo en la pantalla sobre la imagen, una tecnología arcaica, el danmaku, que sin embargo ha recobrado interés en los últimos tiempos.

Todo parece indicar que el proceso salió bien y que el pan está bien leudado y cocido, según otra de las expresiones del laboratorio.

—Je vous salue, capitaine Boyer. Comment allez-vous?

Repentinamente el capitán Boyer mueve las manos hacia un bolsillo del uniforme y extrae un objeto frágil, liviano. El rostro severo comienza a fundirse en un ensayo de sonrisa, tierna, casi infantil.

Zmatilde ve una pequeña pluma de ave, tal vez de una paloma caída en el estruendo de la batalla.

El soldado levanta la mano y acaricia la mejilla de Zmatilde con la pluma. Es un gesto tierno, que la mujer nunca había conocido.

Boyer canta en voz muy baja:

Au clair de la lune,
Mon ami Pierrot,
Prête-moi ta plume
Pour écrire un mot.


Ma chandelle est morte,
Je n’ai plus de feu.
Ouvre-moi ta porte,
Pour l’amour de Dieu.


Luego sobreviene el silencio. Boyer y Zmatilde ahora son uno solo. Zmatilde llora.

Llora la muerte de miles de compañeros convertidos en despojos de carne y sangre regando las orillas del río. Llora las guerras pasadas y las que vendrán. Llora la destrucción de una especie por sí misma. Llora el color de la sangre que está en las banderas. Llora la caricia de una pluma en su mejilla.

Llora por lo minúsculo del gesto.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina, 8 de febrero de 2026

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