Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
Doña Livia se sienta despacio frente a la mesa, como si cada movimiento hubiera sido ensayado durante décadas. El mantel plavinil, floreado y gastado, le pone un poco de alegría a la estancia. La casa es pequeña, de barrio, de esas que vieron pasar generaciones sin cambiar demasiado. La calle está asfaltada desde hace poco; durante años fue uno de los suburbios más mentados de la ciudad. Historias de cuchilleros, de encontronazos fieros entre gente de mal vivir, como se decía entonces.
Doña Livia vive allí desde siempre. Nadie la vio llegar. Ya estaba cuando el vecino más viejo —después de ella— llegó al barrio siendo chico. Cuentan que una vez, medio tomado en el bar de la esquina, dijo:
—Cuando llegué acá con mis padres, doña Livia ya era vieja.
En otras circunstancias, los parroquianos se habrían reído. Aquella vez, sin embargo, todos asintieron en silencio. Hay cosas de las que es mejor no hablar.
Un auto moderno se detiene frente a la casa. Baja un hombre joven, vestido con una pulcritud que desentona con el paisaje: camisa celeste, saco crema, anteojos espejados. Mira la fachada como quien observa un escenario improbable de su propia vida.
Toca el timbre.
Doña Livia abre. El muchacho ensaya una sonrisa cordial ante la anciana de pelo canoso y despeinado, que acomoda torpemente en un rodete improvisado.
—Pase.
La salita está pintada de verde pálido, con manchas de humedad en las esquinas. El joven se sienta frente a la mesa. A pesar de su pertenencia evidente a una clase acomodada y de gustos refinados, no siente desprecio. El lugar es tal como se lo describieron. El termo y el mate están a la derecha de la mujer, junto a un libro desgastado.
Doña Livia baraja en silencio. Las yemas de sus dedos tienen un leve tinte azulado, como alguna tinta antigua que se negara a irse.
La facilidad con que caí en el mundo prohibido fue asombrosa.
“Yo soy el que soy”, dicen las Escrituras. Yo debería decir: yo soy el que soy, un pecador.
Critiqué todo lo que pude. La crítica me abrió los ojos. Me atreví a decir, ante mis colegas, que la primera página de Don Quijote era mejor que todo el Evangelio de San Juan.
Odié a los mediocres compañeros del seminario que no podían retener la declinación del artículo griego cuando yo ya había leído el primer libro de la Anábasis completo. Recuerdo aún esas páginas marcadas con lápiz azul.
Me miraban con envidia. Con odio. Y festejaban cuando me iba mal en las materias. Porque, no me avergüenza decirlo, me fue mal muchas veces.
Fui algo así como un diablo; el que divide, el que dice cosas diferentes para confundir.
Por eso muchos profesores me tenían entre ojos. Ellos no quieren dudas, ni grietas, ni gente que piense o que sea auténtica.
En el seminario se mateaba, se jugaba al billar, se cantaba. Algunos tocaban la guitarra. Yo jugaba a las cartas con mis compañeros de cuarto. Eran nuestros pequeños escapes de las clases y de la dureza de la vida en ese instituto.
Los juegos de cartas se volvieron mi obsesión. Encontré un misterio que iba más allá de las bazas y de la picardía de ganar o perder entre diálogos y mentiras permitidas en el juego. No en vano muchos han visto en las barajas un camino a la perdición, y no solamente por el vicio del juego.
El truco era mi pasión. Ganaba siempre. Los naipes españoles tienen un no sé qué hipnótico: caballitos, señoritos con medias absurdas, reyes de espadas pequeñas, bastos rústicos, oros brillantes, copas abiertas.
Un día descubrí que el solo contacto con las cartas me comunicaba con un mundo paralelo, donde las cosas eran diferentes del que estaba viviendo. Había descubierto una puerta de entrada a una extraña sabiduría, un templo que me brindaba la paz interior que nunca había encontrado aquí, en este instituto lleno de defectos humanos.
Comprendí entonces que no era un juego. Era un libro infinito que se leía a través de estos extraños cartoncitos coloreados con figuras hipnóticas. El libro de la rueda.
El libro del que reza.
Rota.
Orat.
Tarot.
La misma palabra girando sobre sí misma. Como yo.
***
Doña Livia guarda el mazo y levanta la vista.
—Está todo bien. Tenés la vida encaminada, por el momento.
El joven la mira y sonríe con sinceridad. Siente la paz de quien confía en la materia y en las riquezas, porque todos sus negocios marchan bien.
—Siempre volvés— exclama doña Livia.
El joven la mira intrigado y con una mueca socarrona y divertida.
—No la conozco. Es la primera vez que vengo.
La anciana sonríe apenas.
—No hace falta que aclarés nada. A veces uno cree que traiciona a Dios, y lo único que hace es cambiarle el nombre.
Da vuelta la primera carta. Gira la bombilla, gira la rueda. Gira el universo.
El joven siente un golpe seco en el pecho, como un susto después de un frenazo que evita un accidente en una bocacalle.
—¿Usted quién es?
Doña Livia apoya la mano sobre el mazo.
—Soy la que baraja y toma mate en la puerta de tarde. Eso soy.
Silencio.
El muchacho entiende. Sabe, de pronto, que la persona que le dio la dirección de la bruja que lee las cartas no lo hizo por casualidad, sino que lo mandó aquí porque había llegado alguna hora incógnita.
—Era curita el hombre ese. Pero después dejó. Decían que por una mujer, pero es mentira.
Y en ese instante, el muchacho, por primera vez en su vida, sospecha que el éxito que lo rodea no es una cima. Es un desvío.
Le ofrece la paga que doña Livia no acepta. El joven deja los billetes sobre el mantel y sale deprisa. Da marcha al auto y desaparece en un instante.
Doña Livia se sienta a tomar mate en la mesita, mirando las flores en el hule y abre el viejo libro de Jenofonte marcado con lápiz azul.
Juega con las páginas y piensa en un roble que había en el seminario.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina 15 de febrero de 2026
