Cairo Fútbol Club

Florencio Nicolau

Especial para Eco Italiano

La luz de la tarde pinta la cama. Un día apacible, primaveral para enero. Los árboles de Judas comenzando a florecer en rosado y pintando una vida singular en las calles antiguas y por momento deslucidas de la gran ciudad. A veces lo histórico no es bello, piensa sonriendo para adentro, ya que la manifestación de la alegría que la de su ocurrencia no alcanza a pintarse en sus labios. Mira la sonda del suero que está conectado a su brazo y piensa en Dios que tal vez no existe. Pocas nubes se dejan ver por la ventana, paseando sobre las cúpulas de las iglesias, las calles y las casonas amarillas de señores que ya no están, como él no estará en meses, días.

Cuando salga de la terapia volverá a estas calles en donde ha vivido los últimos años. Respirará el aroma de las glicinas que se expresan con tanto colorido en la ciudad. Roma es eterna, con su Via del Corso, Via Venti Settembre, la Piazza del Popolo. Lo que no es eterna es la vida. La puta madre que los parió.

El televisor de la pieza muestra la final de la Copa Africana de Naciones. Egipto vence a Ghana uno a cero y se convierte en tricampeón; las imágenes muestras la tarde de invierno en El Cairo con autos agitando la bandera negra, blanca y roja y tocando bocina por las calles. La excitación invade la habitación de la clínica y vuelve a sonreír, pero esta vez los labios acusan el sentimiento. Recuerda la única vez que estuvo en Egipto hace muchos años, en unas vacaciones de invierno. El polvo suspendido alrededor del rio le dio un dolor de garganta que le duró un día y un susto. Luego fueron dos semanas de placer extremo disfrutando del caos de la ciudad capital y de los paisajes surrealistas del desierto y del interior. Una belleza superlativa. Siempre quiso volver, pero las ocupaciones y los problemas (la mayoría inexistentes) le impidieron hacerlo. Ahora está muriendo.

Se ve caminando por El Cairo viejo en un dédalo de calles con personajes variopintos preparados para vender remeras, comidas, suvenires, cuchillos, el alma. La mano pequeña en la suya transmitiendo todo la emoción de sus nueve años, en su debut en un país extranjero. Hacía poco que su madre había muerto y les venía bien unas vacaciones en un lugar distinto. Viajar es una limpieza para el alma.

Se acomoda en la cama y cierra los ojos buscando imágenes. Se van formando en este tono fluido y acuoso que tiene la visión con los ojos cerrados, ese amarillo tachonado de hilitos y minúsculas figuras que se mueven y que recuerdan los seres microscópicos que se ven en los documentales y los libros de biología. Entre ese galimatías visual se forma la imagen de Pierina caminando junto a él en un sitio baldío en Guiza, con las pirámides de fondo. Un grupo de niños jugando a la pelota le gritan amablemente a que se acerque. Son pura sonrisa en sus rostros oscuros; hay ojos claros, rulos, pero sobre todo vida. Pierina mira pidiendo permiso, se suelta de la mano y corre a jugar con los niños. La imagen es de una felicidad inexpugnable. Es uno de los días más gratos de la vida de padre e hija y tal vez de la madre que mira desde algún lado.

Es una delicia verla correr. Las piernas delgadas son dos serpientes que danzan en el sol de la calle y la pelota que gira en el aire como un planeta desconocido. El grito de los niños y muchachos que celebran la vida a través del fútbol. ¡Cuántas cosas que se pierden en la vida por no disfrutar de esto! Compromisos, tareas impuestas, gentes que nos acosa con exigencias absurdas. Y el mundo que sigue girando en torno a una existencia divina que nos es vedado conocer. La pelota brilla en el cielo un instante y rebota en el piso donde Pierina la retiene antes de patear al arco donde un chico árabe espera con los brazos a la altura de la cintura. Patea y el grito de gol es un himno a la vida. El arquero es el que más ríe y se divierte. Sabe lo que es estar vivo.

La enfermera que entra lo saca del ensueño. La mujer sonríe cuando ve que él también tiene los labios en un gesto seráfico, de regreso de un universo onírico feliz, que le otorga una paz inconmensurable. Mira a la mujer mientras el sonido de la calle egipcia se va perdiendo en la realidad. ¿Qué es lo verdadero? No lo sabe, la existencia es un continuum entre sueño y vigilia, entre existencia y vacío. Entre amor y odio.

Amor y Odio.

Odia morirse, porque tiene miedo. Miedo de perderse el sol todas las mañanas; miedo de perderse las estrellas desde el balcón, esas estrellas que a lo largo de años aprendió a organizar en constelaciones. ¿Hay estrellas del otro lado? Seguramente si y tan bellas como estas, pero para comprobarlo tiene que morir. Y ese es el asunto. La filosofía, la religión y las charlatanerías de las viejas del barrio hablan de la otra vida como un lugar de posible existencia. Pero el pasaje es lo duro.

—Dice el doctor que vas a estar mejor— espeta la enfermera mientras cambia el suero.

—¿Por cuánto tiempo?

—Vas a estar mejor.

Entiende claramente el mensaje. No importa el cuanto sino la situación que va a vivir una vez más, la de sentirse casi como siempre. Detrás de ese casi hay una batería de fármacos y calmantes. Vuelve a cerrar los ojos.

Pierina, sol de mi vida. ¿Dónde están tus piernas brillando con esa pelota fulgurante que baila y baila sobre la tierra? Los muertos son un ejército que nos atacan todos los días de nuestra vida. Vida y Muerte, amor y muerte. Es lo mismo, Eros y Tánatos siempre bailando en traje de gala por las habitaciones de las casas repletas de animas que pasean cantando canciones en idiomas desconocidos. Pierina, dulce amor, la fruta del verano, el sol del invierno, la luz de mis días. Tu obsesión por jugar y correr y de ser futbolista. Hermosa criatura seráfica, inocencia imbuida de la fuerza de la naturaleza bailando detrás de una pelota. La enfermedad hizo un buen trabajo y no quedo ni ángel, ni luz, ni pelota.

La puta madre.

La puta madre.

La puta madre.

Madre.

Primero fue tu madre la que se fue. También una luz en mi vida. El sueño de los ángeles. El color rojizo de tu pelo céltico y las pecas que se mueven cuando hablas apresurada en ese inglés que me costó tanto aprender. ¡Qué mezcolanza Pierina! Un papá argentino, una mamá irlandesa. Parece mentira que de esa retorta de alquimista haya salido una flor como vos.

***

Está mejor. Se prepara el desayuno en la iluminada cocina del departamento y mira el retrato en donde están los tres. La madre pecosa junto a la nena pelirroja que sostiene una pelota y esta vestida con la remera albinegra del Juventus. Sonríe. Escucha la música que puso para levantarse y darse ánimos Cold day in the sun de Foo Fighters, una canción de sonido optimista, solar. El sol ha sido un símbolo de la vida en todas las culturas; los incas que le rindieron culto al igual que los egipcios. Dador de vida, dios de un ciclo que rige el verde de las plantas y el movimiento del aire, el hermano Sol de Francesco. Cuantos días de sol desperdiciados en la vida por estar encerrado estudiando y trabajando. Que vana es la existencia de un profesor universitario, piensa. Venirse aquí a buscar la fama de ser catedrático en un instituto europeo y publicar trabajos que leen diez personas para luego constituir una familia de ensueños en que cada miembro se va yendo por la misma enfermedad. Nos iremos los tres de lo mismo, piensa. Ese fue nuestro destino. Yo el último. Dos amores, dos agonías, dos ataúdes. Dos soles apagados para siempre. ¿Para siempre?

El taxi lo deja en la puerta del aeropuerto y realiza los trámites de rigor. Viaja con poco, solo estará unos tres días. No quiere cansarse pues sabe que la enfermedad es traicionera y no siempre se está tan bien como parece. El paisaje del desierto le trae recuerdos.

Luego de instalarse en un hotel de El Cairo viejo toma un taxi con el bolso bajo el brazo. El auto se abre camino como puede en uno de los peores tránsitos del planeta. Bocinazos constantes, gente que cruza por donde quiere y puede. Pero es una ciudad viva y soleada, con contaminación y un espíritu difícil de explicar. El Cairo late a un ritmo desconocido para el ser humano. Baja del vehículo y se dirige a paso cansino por una calle de barrio en las cercanías de las Pirámides; tiene miedo de cansarse demasiado. Llega a un espacio abierto en donde un grupo de muchachos y chicas están correteando, haciendo nada, viviendo. Se para delante de ellos seriamente. Los jóvenes lo miran un instante con desconfianza para luego comenzar a hablarles todos a la vez ofreciéndoles servicios que él no solicitó. Niega con la cabeza, ahora sonriendo, verdaderamente feliz. Saca la pelota del bolso y la levanta con una mano como si fuera un trofeo. La deja caer a sus pies y da el primer puntapié. La reacción es automática: los dos equipos ya están formados. En Egipto una pelota de fútbol puede más que la democracia. Una niña rulienta de piel oscura y ojos claro corre tras el colorido balón. Es una sonrisa con piernas.

—¡Vamos Pierina, vamos, grita!

Recobra el ritmo de respiración después de la emoción inicial. Con la voz más baja, reflexiva, repite:

—Vamos, Pierina.

Florencio Cruz Nicolau

Paraná, Argentina 17 de enero de 2025

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