Linaje de aire

Florencio Cruz Nicolau Eymann

Especial para Eco Italiano

He recorrido estos senderos durante años. Ya ni recuerdo cuando empecé a cuidar las plantas del lugar con la ternura de un padre hacia sus hijos. Estoy solo; nunca conocí los afectos ni la compañía de una familia. De mis orígenes inciertos solo he podido recoger versiones contradictorias, esas habladurías que cambian según la boca que las pronuncie. Estoy desligado de recuerdos familiares. Mi linaje es de aire.

Aire puro es el premio que obtuve tras tanto tiempo aquí, paseando entre estas plantas que forman una segunda naturaleza en torno al castillo, como si los diseñadores del jardín hubieran querido reproducir un mundo paralelo. Nunca aprendí a leer ni a escribir. Solo conozco lo que observo.

Quienes han gobernado esta casa fueron, en general, benignos conmigo. No puedo quejarme. Algunos mostraron más afecto que otros, pero ninguno me agredió ni me castigó. Esa ausencia de dolor ha hecho que mi vida resulte un poco anodina. Creo que me iré pronto, dada mi avanzada edad.

Los sirvientes, los hombres de los establos y los huertos, nunca me ofrecieron amistad, apenas un respeto que nunca terminé de entender. No sé si me despreciaban o me ignoraban. Parecían convencidos de llevar una existencia más elevada que la mía. De niño jugué con algunos de ellos, pero al llegar la juventud, me fui quedando solo en este mundo del jardín.

Solo él me prestó atención y respeto. No puedo decir que fuimos amigos, pero llegábamos a reconocernos como tales cuando los días lo permitían. Lo conocí desde siempre; no tengo recuerdo de haberlo visto llegar. En mis viajes mentales más lejanos, ya lo encuentro, serio, de mi misma edad. A veces cruzamos palabras, pero la diferencia de destinos trazó una distancia difícil de salvar. Él, en su torre, rodeado de manuscritos y membranas que podía leer con la misma soltura con la que yo manejo una podadora. Dicen que llegamos al castillo el mismo día y que fuimos separados para llevar existencias desiguales. ¿Me habría gustado ser él? No lo sé; no se puede desear lo que no se conoce.

Los años han pasado volando. Duele ver cómo los grandes personajes que han gobernado estos castillos se desvanecen en ceniza y humo, dejando apenas un recuerdo. Asesinatos, corrupción, guerras en las que mueren personas que nunca terminan de entender por qué pelean. Mi existencia ha sido apacible entre los caminos del jardín, escuchando el canto de las aves, que transmiten su conocimiento en un idioma que no comprendemos.

Una vez, hace muchos años, en una primavera incipiente que se insinuaba en los brotes de las magnolias y en el rosado de los duraznos desnudos, él bajó al jardín. Los señores de entonces habían mandado construir, en el centro del parque, un laberinto de setos que me encomendaron cuidar con esmero. Las damas y los jóvenes se divertían perdiéndose entre sus verdes pasillos, mientras los preceptores, de mirada adusta, vigilaban la aparición fugaz de un beso o la caricia de una cintura, para luego informar a los padres. La historia siempre ha sido así: quienes nunca probaron las lides del amor terminan siendo sus árbitros.

Con paso sereno y una sonrisa indecisa, se acercó a mí. Su aspecto evocaba el de un elfo o un ser mitológico, un hombre de piel delicada por la falta de sol y el trabajo intelectual. Aunque su mirada revelaba sabiduría y apego al mundo de los complejos razonamientos, parecía una criatura frágil, de modales refinados. Sin embargo, para mí —acostumbrado a alternar con gente ruda— no resultó desagradable.

Tomó la palabra. Su voz era pequeña y delicada, como la de una dama:

—No me contestes; no es correcto que un hombre como tú dialogue con un sabio protegido por los señores. No te guardo rencor ni te desprecio; al contrario, te evito problemas. No tengo con quién hablar y te observo a diario desde lo alto de mi ventana. Trabajas sin cesar, y ninguno de tus ayudantes, más jóvenes o más fuertes, logra igualar tu eficiencia y talento. Mantienes los bordes y las formas de este dédalo con una maestría admirable.

—Tal vez no lo sepas, amigo, pero yo diseñé este entretenimiento para las clases acomodadas y amantes de la holganza. Reuniendo libros asombrosos sobre la construcción de laberintos y mezclando ideas propias con estudios de otras ciencias, di forma a este proyecto.

En algún momento logré hacer los planos de esta idea extraña que hoy cuidas con mano diestra, con tu tijera y tu azada. Sin ti, mi creación no tendría forma definitiva.

Me sentí halagado por haber sido elevado por las palabras de un hombre sabio que se había dignado a hablarme. Pero no fue solo vanidad: había algo más, algo que me cuesta expresar con mis palabras toscas, carentes de la precisión de los sabios. Él siguió mirándome a los ojos con su voz meliflua:

—Sin embargo, como en muchas cosas de esta vida mundana, la esencia de mi invención no es solo lo que ves. La sabiduría de los antiguos me enseñó que todo tiene una contraparte más allá del mundo de los sentidos. Este laberinto, que hoy podemos tocar, es solo el reflejo imperfecto de otro, incorpóreo, que existe en un mundo paralelo. Ese otro no tiene paredes de boj, sino que está trazado por pensamientos, ideas y prejuicios del mundo terreno.

El discurrir de sus palabras me envolvía, hasta provocarme una desazón nueva, nunca antes sentida. La soledad habitual se acentuó con su cercanía y sus ojos brillantes me recorrían como buscando una respuesta en mi cuerpo. Repentinamente una fuerza benévola me envolvió. Me sentía, por primera vez en mi vida, feliz escuchando sus palabras.

Feliz.

La serenidad de la tarde caía sobre nosotros, adormeciéndonos, acunándonos en pensamientos casi oníricos. Ese hombre, que había pasado largo tiempo oculto entre infolios y libros antiguos, había construido, de algún modo, un mundo invisible que solo el laberinto parecía ocultar. ¿A qué se refería? Pues, a decir verdad, no era yo hombre de mollera suficiente para entenderlo.

—Más allá de todo lo que nuestros sentidos pueden percibir —dijo—, existe un mundo de las verdaderas cosas. Algún día, un sabio, quizás un solo hombre, hablará de la imposibilidad de ver ese mundo tal como es en su intimidad más pura, sin el oscuro y efímero disfraz de la materia.

—Un hecho fortuito —continuó—, que no puedo explicar con las palabras comunes y venturosas de la gente, me permitió, hace años, vislumbrar una entrada a ese mundo. La oculté bajo este laberinto.

Me produjo escalofríos escuchar que algo tan complejo como lo que acababa de describir lo rematara con una frase tan lapidaria. Ese hombre, amanerado y de gestos afectados, había ocultado la entrada a un mundo ignoto bajo los arbustos que yo regaba y podaba a diario.

En el frío devenir de la noche, y escondiéndose en la hora en que la luz no permite al hombre distinguir los contornos del mundo, el sabio se acercó aún más. Sin que mediara palabra alguna, me rodeó con los brazos y me besó en la boca con pasión y dulzura. No sentí ni asombro ni vergüenza, sino que la felicidad ya sentida se duplicó en intensidad —si es que puede haber múltiplos y submúltiplos de un sentimiento único—.

Consumado el beso, el mundo a nuestro alrededor se desdibujó. Nos quedamos abrazados, envueltos en la plenitud del amor, rodeados por un universo confuso e inmaterial, sin formas ni objetos reconocibles. Todo había cambiado: la esencia misma de la realidad se había transformado desde ese instante. Entonces lo entendí. Comprendí por qué el destino nos había mantenido separados desde la infancia: no podíamos coexistir. Ese hombre que me había robado un beso… era yo mismo. Éramos, de algún modo, las únicas piezas complementarias del universo, reunidas finalmente por los caprichos del destino.

¿Imaginas la vida de quienes jamás encontraron la otra mitad? Existencias fugaces, accidentales, transitando la superficie del mundo sin haber tenido nunca la más mínima oportunidad de completarse. Un infierno. La más profunda de las miserias: vivir sin el encuentro con ese otro yo, con la parte genuina que los haría únicos e irrepetibles. ¿Sabes lo que es eso? —pensé—. Es la vida del resto del mundo. Gente que se casa, que forma familias con personas que no les corresponden, piezas sueltas del rompecabezas cósmico, encajadas a la fuerza, deformadas… arruinadas.

Yo, en cambio, había hallado a mi otra parte. Aquella que se dispersó en el instante mismo del nacimiento del universo. Y allí estaba, frente a mí, ese manojo de átomos que había vivido a pocos metros de distancia, en una torre rodeada de palimpsestos y pergaminos.

Nos fuimos separando poco a poco, hasta que solo nuestras manos permanecieron unidas. Luego, también se soltaron.

Me miró una vez más, directo a los ojos. En su expresión había alegría y tristeza a la vez. La noche ya había reclamado su lugar en el jardín, y escuchamos ulular algunas aves nocturnas que marcaban el inicio de su reinado.

La última vez que lo vi, era apenas una silueta que se perdía dentro del laberinto, buscando la otra entrada, la del verdadero.

Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 7 de agosto de 2025

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