Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para Eco Italiano
En medio de la nada, dos hombres descansan junto a sus dromedarios; a lo lejos, el campamento bulle de movimiento. Ambos se han separado de sus grupos para conversar en la intimidad. Los tratos entre hombres requieren a veces la soledad del desierto. De pronto uno de ellos, el de piel cetrina, señala el paisaje con la mano.
—¿Sabes cuál es el secreto de todo esto? La máscara.
—Son años de recorrer la tierra que Dios —El que se vuelve hacia quien lo busca— creó para su gloria. He aprendido que el trato con los hombres solo es posible si llevamos una máscara que difumine el alma, pues mostrarla es vulnerabilidad.
El cielo se tiñe de un azul etéreo, casi como si Dios mismo tuviera ese color en los ojos y mirara una realidad que le incomoda. A veces los dioses sienten envidia de sus criaturas, como los padres que se resienten al ver a sus hijos lograr lo que ellos no pudieron. Son leyes mezquinas de la vida. Tal vez el ser humano debería pensarse como un continuo en el tiempo, y no solo como un individuo que ve una o dos generaciones por delante y por detrás.
Negocios y tratados comerciales han reunido a los dos hombres en este lugar.
El moro se despereza con una sonrisa que no pierde el respeto por su par cristiano. Muestra su cansancio, pero con un gesto de buena disposición, fruto de las largas caravanas y los extensos diálogos en esa lengua gritada que resuena en las tiendas nocturnas.
—Tu Dios está en guerra con nosotros, cristiano. Los poderosos de Constantinopla, apañados por sus logotetas, teólogos y prestes, han querido reprimir nuestras creencias en vano. Sin embargo, no te guardamos rencor. Los míos creen que, en el fondo, puedes redimirte de tu confusión y ser una persona cercana a nosotros.
El trujamán mira al mercader con cierto resentimiento, pero su mirada interior delata la búsqueda de una verdad que aún no ha hallado. Celebra, no obstante, la cordialidad con que el infiel lo recibe. En el desierto, muchas veces los límites religiosos y las costumbres se disuelven en una amistad cálida y profunda. Tal vez el Hijo de Dios buscó eso en sus cuarenta días en el desierto.
Un olor extraño se desprende del caldero que el musulmán agita sobre un fuego improvisado con la poca leña que lleva. Es un líquido negruzco que se mueve burbujeante, exhalando un aroma lleno de recuerdos, como si el simple olor del brebaje trajera consigo todas las historias que alguna vez se contaron en torno a una cocina semejante.
—Qahwa —informa el musulmán—. Es una planta de Yemén. Un mercader la trajo de allí. Es estimulante, aunque en exceso quita el sueño.
El cristiano prefiere, dado que no pesan prohibiciones divinas sobre sus hombres, un rojo vino de al-Ándalus, con su aroma mezcla de introspección y pecado.
La noche comienza a caer sobre el desierto. Los dos hombres se enredan en un diálogo donde el silencio tiene un papel principal. A veces no decir es la manera más intensa de tocar el alma del otro. Ambos son diestros en el manejo de las lenguas: pueden conversar en varias. Pero la gravitación de Constantinopla se hace sentir, y dialogan en un griego mezclado con voces de la tierra de cada uno. Conversan sobre términos comerciales, mostrando inteligencia y habilidad.
El negocio asume el papel principal, pero entre los pergaminos que vuelan con el viento —tasas, valores, nombres, signos— se cuela algo que ninguno nombra. El comercio es una forma de diálogo, y toda transacción lleva escondido un sentimiento. El amor por una joya trasluce el recuerdo de una muchacha; el sabor de una bebida convoca la voz de un abuelo contando historias en el caravasar.
Ya con el trato cerrado, comparten una comida. El trujamán cristiano y el musulmán se relajan, dejando abiertas las puertas de una intimidad compartida. En el desierto, dos son compañía porque comparten la misma soledad.
Confiesan su escepticismo religioso. No creen del todo en sus dioses, aunque siguen siendo parte de su cultura.
—He tenido desaciertos en el amor —dice el musulmán, mientras recorre con la vista las cacharpas del campamento—. No siempre la carne se condice con el alma, y desfigura los verdaderos sentimientos. Pero las construcciones del espíritu también alejan el deseo de la carne. ¿Por qué vivir en esa contradicción?
El viento sopla más fuerte. El fuego del campamento se inclina en una reverencia. El musulmán, en un gesto de cordialidad, alcanza el odre y vierte vino en la copa del cristiano y, durante un instante, sus manos se rozan apenas. Luego callan.
Solo el silencio y el aroma del qahwa se mezclan en la noche interminable del desierto.
El musulmán se concentra en el jarro de bebida y se pierde en un soliloquio que es, a su vez, un laberinto.
—Fue en una tarde que no se resolvía aún en noche cuando vi su rostro al quitarse la máscara. Una mujer refinada, de aspecto delicado y mirada incógnita me fue presentada por una pareja de nobles luego de cerrar un trato. No era la misma belleza de las mujeres de nuestra tierra, sino que compartía el color de piel de la gente de las estepas y las tierras de los huihui.
No dejaba traslucir pensamiento alguno, su presencia carecía del peso del tiempo. Podría haber estado allí desde hacía milenios, y perdurar otros tantos sin que la serenidad del semblante acusara cambio alguno.
Creo que eso fue lo que me impresionó. Su complexión menuda acentuaba su feminidad, tornándola algo cercano a lo divino. No comprendía que fuerza me atraía hacía aquella gacela venida de tierras desconocidas. Alguien me dijo que, más allá de los límites del mundo, hay mares y otras tierras que no conocemos. Dudamos de su gente cuando la vemos porque no nos transmiten ninguna idea conocida. Creí que esta mujer provenía de allí.
La pasión pudo más que la razón, y caí en la trampa del deseo. Los hombres y la mujer que me habían conducido hacia la tienda desaparecieron detrás de la entrada, sin dejar ver ni siquiera su sombra. ¿Qué perversidad habían pergeñado? ¿Qué querían de mi en ese lugar oculto a todas las miradas?
La sospecha comenzó a asomar pero no di un paso atrás. No sé qué fue lo que sentí al estar junto a la extraña mujer. Algo en su rostro impávido me decía que una verdad secreta se escondía bajo de esos ricos ropajes.
¿Qué es la belleza si no podemos racionalizarla? Un sentimiento que confunde los sentidos, como dicen algunos sabios, que muta el verdadero aspecto y el significado de todo lo que existe.
«Vendrán tiempos en que por razonamiento o ciencia podremos entender la verdad de las cosas», pensé en ese momento.
Acaricié los brazos de la mujer y lentamente comencé a indagar en los pliegues de su ropa, buscando una respuesta a una pregunta que no comprendía. ¿Había llegado al paraíso deseado; a un extremo que jamás había imaginado conocer?
La respuesta fue, irónicamente, afirmativa. Debajo de la túnica percibí, entre las piernas, que la tal mujer no lo era, sino que albergaba un atributo impensado.
La abandoné rápidamente y me retraje como un rayo. No podía entender cómo una belleza superlativa podía provocarme un rechazo tan fiero y defraudante. Comprendí que el engaño de mis deudores no era una maldad ni una venganza, sino que habían querido premiarme con el goce de una rareza.
Pasado el primer embate de la sorpresa, creo que los comprendí. A veces, las costumbres de otros pueblos pueden parecernos perversas cuando en realidad no lo son.
Tal vez lo que estemos viendo es la máscara de nuestros dioses, cristiano. Esa mujer quimérica me mostró que la realidad puede ocultarse, y que nuestros dioses, el tuyo y el mío, también usan máscaras y extraños ropajes para ocultar su verdadera facción. No porque teman ser vistos, sino porque el ojo humano no soporta su desnudez. Nos muestran el rostro que deseamos, el reflejo de nuestras pasiones y errores.
En mi error comprendí que la divinidad no habita en la verdad, sino en un engaño piadoso que necesitamos para creer. Pero nuestra fruición por aferrarnos a las propias creencias nos confunde: el deseo, en su error, se vuelve conocimiento sagrado.
El trujamán se queda pensativo, mirando la soledad del paisaje. Parece que una vivencia pretérita se despierta en su interior. Sin embargo, cuando retoma la palabra, lo hace con una serenidad notable.
—Lo que te sucedió fue solo un indicio de lo que los dioses, el tuyo y el mío —ambos únicos— nos deparan. Tal vez llegue un tiempo en que las personas quiméricas, como esa mujer que no lo era, se vuelvan algo normal en nuestra existencia. La divinidad tiene en cuenta a todos. Somos nosotros, los hombres y mujeres falibles y prejuiciosos, quienes no la entendemos.
Unió las puntas de sus dedos para albergar algo desconocido en el hueco que se formaba entre ambas palmas. Permaneció en silencio, mirando ese algo que para él era visible.
—Cuando el destino me llevó a ser un trujamán, comprendí que algo me había otorgado el don de entenderme en diversas lenguas con el resto de la gente. Dios me regaló la posibilidad de comprender a los diferentes a través del idioma, pensé. Sin embargo, hay quienes, precisamente por no entender la lengua del resto, los ven como enemigos. Creo que deberíamos ser todos un poco más accesibles a las diferencias que creemos ver en otros. Lamentablemente, los sacerdotes que rigen nuestras creencias, no piensan igual. Los deseos no siempre son pecados; las diferencias de dioses no justifican la guerra. Es posible que nunca más nos veamos pero estoy seguro que llevaré algo de ti, mercader.
Ambos hombres se sumen en un silencio en consonancia con la noche, que ya deja ver las estrellas en una tela inmensa de azul oscuro. La bebida estimula el deseo de distenderse y tomar un descanso, luego de las negociaciones que han llevado a cabo.
El musulmán dibuja una pequeña sonrisa que apenas se ve, oculta por la noche y el resplandor del fuego.
—¿Tienes hijos, cristiano?
—Seis.
—Háblame de ellos.
Al rato, la noche se ilumina con un par de risas.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 26 de octubre de 2025
