Florencio Cruz Nicolau Eymann
Especial para eco italiano
Estoy aquí por la entrevista. Me dicen que es al final de la calle, si es que todavía se puede llamar así a ese antiguo camino que atravesaba el pueblo: apenas unas casas dispersas, una estación de tren abandonada y unos cuantos edificios públicos venidos a menos, invadidos por los yuyales. Está aquí desde hace unos diez años. Ni siquiera puedo imaginar su aspecto.
La casa es la del antiguo encargado del ferrocarril. El jardín es sencillo, con plantas que crecen en latas de conserva. Pero esa precariedad parece hablar de nobleza: quien habita allí ama a las plantas no por su belleza ni por su utilidadsino por algo más: una comunión con las cosas del universo.
Golpeo las palmas y abre la puerta. Es una mujer mayor. Sin embargo, se la ve bien. Mis prejuicios me hicieron imaginar a una persona derrumbada, que no es. Me hace pasar con una sonrisa amable.
En una pared se apilan, en un estante desvencijado, libros usados, leídos y releídos, cuyos lomos informan sobre estrellas y galaxias.
—Supe ser profesora de matemática en otra vida —comenta, acariciando el tubo largo del telescopio montado en un trípode—. Cuando me jubilé, me compré este instrumento. Desde chica soñaba con tener uno. A lo largo de mi vida esperé muchas veces el momento para conseguirlo, pero nunca se daba. Viví años en la ciudad, en un departamento. A veces iba a una plaza, cerca de casa. Pero el cielo allá está siempre turbio, con esa bruma opaca de las grandes urbes. Por eso vine aquí.
¿Sabe cómo se llaman las Tres Marías? ¿No? Alnilam, Mintaka y Alnitak. Nombres árabes. Se queda pensativa un instante, escuchando una voz interior.
***
Piensa en aquel día. Les prepara el equipaje en un recuerdo borroso. Los chicos están excitados con la idea del viaje de fin de semana. Camping, actividades al aire libre, paseo en bote; están entusiasmados con la aventura de navegar. Ninguno conoce el campo. Van imaginando cosas, influidas —y algo desvirtuadas— por las películas y las series. Ella sonríe. Seguramente aprenderán algo nuevo.
Desde la puerta de casa los ve alejarse en el auto. Las tres caritas bajo gorras que saludan desde el vidrio trasero parecen gatitos llevados a un mundo de juegos. Son hermosos. Piensa en los padecimientos de su marido que oficia de chofer. Mejor así: con él estarán seguros en el campamento.
Cuando regresen, habrán crecido un poco. Mientras tanto, ella tiene tres días para sí y ya planeó limpiar la habitación, ordenar los libros de la mesa. Ayer, caminando por el centro, vio en una vidriera un libro de astronomía, algo de divulgación. Una obra sencilla, ideal para iniciarse.
Algún día, piensa, tendré lugar para montar un telescopio de verdad.
Pasa por la cocina, saca una botella de agua y un vaso. En la sala, retoma el libro que estaba leyendo:
“William Herschel, músico de profesión y astrónomo por pasión, descubrió el planeta Urano en 1781. Al principio, al observar su movimiento extraño en el cielo, pensó que se trataba de un cometa. Sin embargo, con el tiempo se confirmó que era, en realidad, un nuevo planeta: el primero descubierto gracias al uso de un telescopio. Herschel, de origen alemán pero nacionalizado inglés, quiso bautizarlo GeorgiumSidus —la estrella de Jorge— en honor al rey Jorge III. No obstante, prevaleció la tradición de usar nombres de la mitología clásica, y el planeta fue nombrado Urano. Paradójicamente, la estrella de Jorge III comenzaba a apagarse. En 1776, un granjero llamado George Washington le arrebató medio imperio.”
Sonríe, imaginando a aquellos astrónomos pioneros. La pasión de los primeros descubridores, cuando conceptos completamente nuevos comenzaban a perfilarse y revelaban que el universo era mucho más vasto de lo que los antiguos creían. El sistema solar, hasta entonces lo más lejano imaginable, resultaba ser solo una parte ínfima de algo más complejo.
El cielo es un enigma desde el origen mismo del ser humano. Se imagina a los primeros homínidos corriendo por la sabana, mientras todo el peso de las estrellas cae sobre sus espaldas. ¿Cuántas leyendas habrán desaparecido con la extinción de los australopitecos y de todas las formas humanoides anteriores a la civilización?
Al otro día, a media mañana, decide llamar al campamento para preguntar cómo va todo. Seguramente deben estar dormidos después del primer día de campo. Está tranquila porque sabe que están los cuatro juntos. Desde temprano ha limpiado la casa y regado el fondo. Busca en la cocina el cartoncito de una cajita de remedios donde anotó el teléfono de la administración del camping.
Mientras se dirige al aparato de baquelita negro, piensa que podrían comprar uno más moderno, como para mejorar la estética de la sala. Mira con ese pensamiento al aparato cuando, repentinamente, suena. Respira hondo y se le aceleran los latidos.
***
Termino la entrevista y la saludo con una inclinación de cabeza. Me pide disculpas y me dice que no le envíe el artículo: no le interesa leer una historia conocida. Camino unos pasos hacia donde dejé el auto estacionado. Me llama.
Me pregunto nuevamente cómo puede acostumbrarse a vivir en este lugar. Sé que es querida por los vecinos, pero la población es tan dispersa que es probable que pase mucho tiempo en soledad.
—Han pasado cuarenta años —comenta con una sonrisa melancólica—, apenas un guiño de ojos para los tiempos del universo. Levantar el teléfono fue solo una ceremonia para confirmar lo que ya sabía. A veces pienso que hoy en día, con los teléfonos celulares, podemos saber las cosas al instante y no tenemos nada que decir. ¿Lo ha pensado?
Reflexiono sobre sus palabras. Cuántos llamados y mensajes recibo a diario de personas que no tienen nada para decirme, vidas desprovistas de pasión, influenciadas por los medios y la información superflua de las redes. Tal vez esta mujer recibió, en ese lejano llamado a su teléfono antiguo de baquelita negro, el llamado de Dios. Parece que me adivinara el pensamiento.
—Nunca fui creyente. De joven, cuando estudié matemáticas y física, me aficioné a las ciencias y a los pensamientos críticos de los científicos y filósofos. Concebí a Dios como la totalidad del universo, como las múltiples manifestaciones de la energía estelar y de los mundos que nos rodean, aunque no podamos aún alcanzarlos. Es todo muy difícil, ¿sabe? A veces querría creer, sentir la mano de Dios.
—¿Sabe una cosa? Ellos fueron materia de estrellas. Todo lo que alguna vez estuvo en el cielo pasó por ellos en forma de conciencia, de vida, de alegría. Ahora han vuelto a ser eso: el ciclo se ha cumplido. La astronomía me los devuelve cada noche: mis tres estrellas, Alnilam, Mintaka y Alnitak, remando en bote a través de la Vía Láctea. Un bote que jamás naufragará en la noche… Nunca volví a ver al padre. Murió el año pasado.
Asiento en silencio. Sé que lo que dice es, de alguna manera, verdad.
Florencio Cruz Nicolau
Paraná, Argentina, 3 de agosto de 2025
